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La mañana había sido de mucho estrés. Violeta debía alistar todos los detalles que estaban a su alcance. Desde muy pequeña se habia preparado para este día. Por años su madre y ella habían realizado todo lo que se esperaba de una princesa. Tomaron los cursos correctos, fueron a las instituciones adecuadas, sacrificaron muchas cosas. Dejaron ir momentos importantes de la vida de ambas. Mientras su familia y amigos disfrutaban, descansaban o vacacionaban, Violeta y su madre se esforzaron día y noche para lograr su sueño, preparándose todo lo posible.

La preparación física no era nada comparada con lo que su mente debió pasar a lo largo de los años. Enfrentarse al estrés, al dolor y la incomididad. Aguantar por horas ropa y zapatos incómodos; mujeres que fingen ser tus amigas pero solo esperan que te vaya mal; hombres que te procuran, no por quien eres sino por quien pareces ser, acostumbrados a obtener lo que quieren o destruir a quien se niegue. Pero Violeta estaba totalmente lista.

Su vestido rojo de terciopelo le encajaba de maravilla. Recordaba el estilo más glamoroso de los años de oro de Hollywood. Era una pena que su madre hubiera muerto hace poco y no la viera hoy ¡Lucía tan hermosa y atractiva! Pocos podrían resistir su belleza. Y a los que ésta atraía, su inteligencia y simpatía cautivaban para siempre. Era un recuerdo imborrable en quien la trataba. Violeta lo sabía y actuaba en consecuencia. Hoy podría ser Victoria.

Nada podía salir mal. Llegaba invicta y sabía que nada ni nadie le impediría lograr su sueño. Hacía mucho que no se encerraba en un baño a llorar por una tragedia pequeña, como cuando tronó con su primer novio, o por una grande, como cuándo murió su padre siendo ella una adolescente de doce años. Y no pensaba volver a hacerlo jamás. Instintivamente, se aseguró de tener cigarros en la bolsa, y encendedor. No fumaba hacía mucho, pero le recordaba a mamá.

Se sabía lista para este momento. Toda su vida se había preparado. Violeta pisó el escenario con fuerza desde el primer momento. Lució radiante con esa larga cabellera negra que le caía hasta media espalda cuándo estaba suelta, pero que para esta ocasión se había recogido en un chongo de cuatro rizos amplios y bien definidos. Su sonrisa contrastaba los labios rojos profundos con unos dientes ideales, obra de miles de billetes gastados en ortodoncia. Era prácticamente perfecta. Ella lo sabía y lo irradiaba. Era el momento cumbre.

Ella estaba al centro del escenario, con dos mujeres a su lado, ninguna tan hermosa como ella. Ninguna tan segura como ella. Ninguna tan lista.

“Violeta Lugo es nuestra primera finalista, y tomará el lugar de la Reina de Belleza si por algo ella no pudiera completar su reinado. ¡Felicidades, Vanessa Torres, Reina Universal de Belleza del 2015…!”. Y Violeta debió sonreir y abrazar a Vanessa ante las cámaras…

Un pensamiento en “Violeta por Gonzalo J. Suárez

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