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¡Me escribió! ¡Me escribió a MÍ!

Ese hombre que había jurado nunca volver a ver, me escribió, vaya sorpresa. Tendré que verlo; ya sé que parece pretexto, pero es que sin él no me siento completa, sin él me siento sola y la soledad no es buena.

“Sí, sí, ya sé que me destrozó, pero no me importa, hoy lo veo y hasta hago que regresemos”

Ese fue mi estúpido pensamiento.

Sí nos vimos. Fue mágico, llegó en su auto deportivo hasta mi casa. Salí despampanante, con aquel vestido que sabía le gustaba, noté su mirada de deseo hacia mí. Cenamos. Llegamos a su departamento que recordaba vacío y ahora lo notaba con varias cosas que ya no me resultaban familiares, pero qué más da, el vino tinto estaba haciendo efectos, nos besamos, nos acariciamos, nos desnudamos, nos tumbamos en el suelo y empezamos a amarnos como solíamos hacerlo, con mucha pasión, con jaloneos y jadeos. No había ninguna sensación extraña, parecía que nunca nos habíamos dejado de ver.

Desperté antes que él, recorrí su departamento por todos lados en búsqueda de nuestro pasado, no lo encontré, pero descubrí que ya no éramos nosotros dos, había alguien más ¡hijo de puta! este ya anda con esta vieja fea, naca.

Tomé esa fotografía para aventársela en la jeta. Despertó. Trató de explicarme que sólo había sido un desliz, una equivocación, le creí, aunque en el fondo sabía que eso era algo más, en el fondo siempre lo sabemos.

Desayunamos, conversamos y recordamos todo lo que hacíamos cuando estábamos juntos, reíamos, hasta que apareció sobre la mesa el por qué nos habíamos separado. Traté de escabullirme del tema, no quería terminara ese día con aquel amargo recuerdo, le planté un beso, se desabotonó la camisa que llevaba puesta y olvidamos el tema.

Salí de su casa y fui a la mía por mis cosas, pues ya era un hecho, ese hombre había vuelto a ser mio. Estaba decidida a tirar sus cosas, a tirar toda esa vida pasada y sería mío de nuevo, como antes.

Regresé.

Llegué sólo para darme cuenta de que no, que todo había sido un sueño estúpido. Llegué para ver salir a otra de su departamento con una gran sonrisa. Se cruzaron nuestras miradas, la de ella feliz y la mía con la felicidad desvanecida. Entré a su departamento y él todavía alzaba sus cosas del piso donde había gozado.

Mató ese reencuentro, se murió esa esperanza y nacieron las ganas de salir de ese círculo vicioso en el que me estaba volcando de nuevo.

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