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– ¿Es así como quieres que todo termine?

Él no supo que responder. Una parte de su Alma pertenecía a esa persona que, frente a él, daba batalla por los “restos sobre la mesa”.

– Sabes cuánto odio que seas tan terminante. Tu voluntad debería ser más, no sé, liviana, tolerante…

– Es precisamente por eso que hoy estamos aquí. Por tu falta de determinación o, si prefieres, exceso de la mía. Lo que debes saber es que mi disposición hacia lo débil de tu voluntad termina hoy, con tu elección. Es un privilegio que te otorgo por el Amor que aún y a pesar de todo, siento por ti.

De nuevo esa falta de decisión. Él mismo lo odiaba, se odiaba por eso. No sería la primera relación que le costara esa débil voluntad que aquella “maestra” se encargó de sembrar en el fondo de su corazón, buscando apagar su Espíritu.

Dio un paso adelante. Otro más.

Hazlo.

Hazlo.

Las voces se unieron en un coro primero a gritos y, poco a poco, en un murmullo hasta ser casi una salmodia, como la que escuchó aquella noche en el bosque mientras vio danzar mujeres desnudas alrededor de la hoguera, al ritmo de las flamas que lo hipnotizaron.

Hazlo.

Vio su rostro amado del otro lado de la hoguera.

Ven.

Esos brazos. Esas piernas. Su cadera, sus labios… Su boca.

Ven.

Esa voz, casi como gemido. Siempre irresistible.

Ven.

El deseo pudo más que su cobardía.

Fue al encuentro de ese cuerpo amado.

La petit morte antes de la muerte eterna.

El precipicio lo recibió con los brazos abiertos.

Y ése fue el último día de su vida.

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