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No era el lugar como lo esperaba. Siempre se había imaginado una circunstancia diferente, otra forma, otro lugar. Pero así era. Tras una larga y dolorosa enfermedad, y las últimas horas esperando a que llegara su amigo, había muerto. No pudo ni despedirse de él ni de sus hermanas. Pensaba, creía, sabía que él llegaría, pero no fue así. Tenía que asumirlo: había muerto.

Como lo narraba el buen Libro, fue llevado ante la presencia divina, en dónde sus actos fueron pesados, medidos y contados. Se le juzgaría no sólo por el bien y el mal que había hecho, sino también por el mal que no había ayudado a evitar y por el bien que no había querido hacer. Lo que más le sorprendió es que el juicio no era sobre los hechos en sí –si había o no pateado al perro, por ejemplo-, sino por la intensión con que lo había hecho. Así, patear al perro para descargar rabia era muy grave; patearlo para evitar que atacara a unos niños era muy bueno. Pero no, no es cómo solemos pensar la escala de nuestras acciones. No es el acto, es la intención del acto la que cuenta.

Entonces se sorprendió: resulta que los juicios severos que había lanzado sobre su hermana perdida, la que se había vuelto meretriz profesional de alta alcurnia, eran menos graves que las reprimendas que soltaba a su hermana buena, la que cuidaba de la casa. Porque la primera le preocupaba mucho y actuaba buscando su bien, aunque la agrediera; de la segunda se quejaba por las incomodidades que le causaba al descuidar la atención de la casa. Y aunque una le merecía improperios, eran las quejas contra la menor lo más grave de su conducta. Era egoísta en lo pequeño y mundano, y generoso en lo grande y profano. Así que merecía más castigo su pequeña queja hacia la hermana menor que su airada protesta contra la hermana mayor. ¡De haber sabido!

Y vaya que sus quejas, oraciones y acciones en pro de su hermana mayor habían funcionado: hace poco había “enmendado el camino” y con sus acciones se mostraba como la mejor de la familia. Un verdadero ejemplo. Justificaba el refrán “tiene más el rico cuando empobrece que el pobre cuándo enriquece”: todas sus experiencias de la gran vida las usaba en su nueva circunstancia. Y tal vez eso fue lo que le granjeó escuchar el atípico veredicto:

“Lázaro de Betania, tus agresiones y violencias contra Martha tu hermana menor son imperdonables y merecen el castigo eterno, pues te han mostrado como un ser egoísta y tirano. Pero por haber logrado la conversión de María Magdalena con tu preocupación y oraciones, has ganado una oportunidad única. Hoy no sólo has muerto: volverás a nacer. No olvides cumplir tu deber en lo que debe suceder pronto, que por algo recibes esta oportunidad tan especial”.

Y entonces escuchó el grito de su amado amigo: “¡Lázaro, sal de ahí!”

Un pensamiento en “Decisiones por Gonzalo J. Suárez

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