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Pidió que lo entregara a este azul que siempre amó.

Aquella tarde, me tomó de la mano y me dijo al oído: “Tráeme de regreso”. Besó mi mejilla y silbó una melodía de antaño que versaba sobre la playa y una María. Los ojos se le apagaron poco a poco y durante años, se esforzó por ver el mundo.

Se llenó de recuerdos y lugares. Le dijo adiós a cada uno de ellos hasta el hartazgo: “Adiós, nube”, “Adiós, Roma”, “Adiós, Machu Pichu”, “Adiós Medio Oriente”, “Adiós mamá”, “Adiós…mi María”.

Esa tarde, cerró muy bien los ojos y extendió los brazos al cielo: “Este es nuestro secreto, cuando todo acabe, tráeme de regreso”.

No tuvo familia alguna; solo amores regados y tal vez algún infortunado vástago, cuyo semblante era idéntico al suyo, pero que nunca logró conocer. Ni el árbol, ni el libro, ni el hijo, ni una ejemplar vida. Se fue, como probablemente partirán muchos; en la soledad de una tarde que se esfuma. No hubo plañideras, ni rituales, ni manos sostenidas al borde de una cama; no hubo bendiciones, ni coronas de flores, ni esquelas en los diarios, ni palabras pronunciadas por viudas, ni homenajes. Esa tarde hubo silencio y no hubo nadie. Fue cremado un cuerpo y regresé un domingo al mar, las cenizas de un cuerpo, que siempre supo ser aire.

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