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El siglo XIX estaba a punto de morir, al igual que él. Postrado en su cama Friedrich Nietzsche sentía cómo la lucidez le llegaba de pronto. Desde hacía varios años, su enfermedad, que los médicos no atinaban a detectar bien a bien, había acabado con la cordura de su mente, y de ser aquél gran filósofo que se paseaba por gran parte de Europa discutiendo sus ideas, sólo quedaba un pobre hombre con la salud minada.

Pero esa mañana todo había cambiado. De un momento a otro recobró la agilidad mental que lo caracterizaba. Quiso levantarse de la cama pero aún estaba un poco débil. Su hermana Elisabeth le acomodó las almohadas y volvió a recostarlo. En su cara vio la preocupación de saber que esta mejoría sólo era el preludio a la muerte.

Durante el resto del día, Friedrich tuvo la sensación de que no estaba solo. Y no porque su hermana estuviese a su lado, no, era algo diferente. Sentía como si “alguien” le hablara desde dentro, cosa que desdeñó; no en balde había enunciado “la muerte de Dios”. Sin embargo, y a pesar de que su cabeza le decía que sólo eran sugestiones suyas, se sentía intranquilo.

Ya para la tarde, los temores de Elisabeth se volvían realidad. Él había perdido los bríos matutinos y volvía a yacer en el lecho, moviéndose apenas, casi lo suficiente para respirar. Mientras más difícil se le hacía llenar de aire sus pulmones, más sentía esa presencia. Todo su cuerpo empezó a temblar. No sabía qué le esperaba. Toda su vida había asegurado que Dios no existía, pero en este momento ya no estaba tan seguro ¿Qué es lo que pasaría? ¿Se encontraría con ese ser supuestamente inexistente o simplemente dejaría de tener conciencia? A pesar de que en realidad no tenía dolores; quizás su cuerpo los estaría eliminando, el deseo de conocer si sus ideas eran válidas o no lo motivaban a querer morir rápidamente.

Su respiración se fue deteniendo poco a poco, y sus oídos ya no escuchaban nada de lo que pasaba a su alrededor. Sólo la voz en su interior seguía viva y más fuerte que nunca. Antes de que el último suspiro abandonara su cuerpo, escuchó que le decían:

– Friedrich, soy Dios ¿Decías?

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