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Por primera vez te encuentras totalmente vulnerable, frágil.

Tu cuerpo en manos de la que te ha esperado desde tu primer latir: negra como la imaginabas, pero más fuerte que la energía que te arranca, lava tu piel para extirpar la verdadera suciedad, (esa que solo puede impregnarse en esta tierra) irónicamente con lo que dice representar la vida y la pureza. 

Tus poros ya no reaccionan al ser explorados por ese líquido y tus espacios aceptan resignadamente la invasión del algodón.

Aunque falta ya muy poco todavía queda alguien cerca. Ese intermediario que enjuga sus manos con tu llanto imposible y llama tu vida para derramarla, que vestido de blanco mancha sus ropas para entregarte perfecto, como nunca lo has sido, que toca tu fin con el látex de sus guantes inertes como tú y que te abraza con vendas para darte un poco de calor fingido.

El ritual terminado une lo blanco y lo negro, lo terreno y lo abstracto: eterna dualidad que genera y regenera.

Temiste siempre, temiste a todo y a todos, incluso a ti, ahora ni siquiera eso te esta permitido.

Pero si en una de esas inexplicables situaciones yo fuera la vestida de blanco, acercaría mis labios a los tuyos y diría: no tengas miedo, solo vas a morir…

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