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– Aunque me lo pregunte una y otra y otra vez, nunca voy a terminar de entenderlo ¿para qué carajos me revivieron? ¿para qué me trajeron de regreso a este mundo de dolor?
¿para qué? ¿para qué?
– La viejecita tenía 93 años y como siempre, se encontraba sola en aquel pequeño cuarto de vecindad que sus hijos le rentaban. Su único acompañante era el maldito dolor que no la dejaba ni de día ni de noche. En ocasiones era tan fuerte que la hacía gritar todo tipo de blasfemias y peladeces, que antes –cuando estaba sana– ni siquiera se hubiera atrevido a pensar. – ¿Para qué carajos me revivieron? si aquel día cuando morí yo ya estaba lista para hacerlo. Estaba muy bien con Dios. Me había despedido de mis hijos y de mis nietos. Solo déjenme morir en paz, no lloren, les dije. Cerré los ojos por última vez (al menos así lo creí). Me dispuse a disfrutar del viaje eterno. Sin embargo no me lo permitieron, no pude realizarlo. Recuerdo que cuando desperté –aún en este mundo– un joven médico estaba a mi lado, con su estúpida sonrisa de autosuficiencia y su pose de salvavidas – ¿Cómo se siente madre? me preguntó. – Yo no soy su madre, imbécil, quise responderle, pero no lo hice. Antes de que yo dijera algo, él comenzó su discurso – Mire, usted ya no debería estar aquí entre nosotros los vivos, de hecho murió durante algunos instantes. Tuvo la suerte de estar en mis manos. Soy uno de los médicos más reconocidos y con más experiencia en lo que a cirugía de corazón e implante de Marcapasos se refiere. El tiempo que usted per- maneció sin vida fue corto, porque gracias a mi habilidad terminé muy rápido de implantarle este aparato que de hecho la revivió y ahora ayuda a su corazón a mantenerse con vida… – Ya han pasado 4 meses – pensó la viejecita – yo diría que de puro sufrimiento. Además de esta soledad en la que me han dejado mis hijos, me siento muy enferma, tomo muchísimos medicamentos al día, algunos me ocasionan severos mareos y lo más grave es esta maldita pierna izquieda que parece que no se enteró de que no morimos. Creo que no sabe que esta viva porque desde aquel día en que nos revivieron ha estado en lamentables condiciones, llena de úlceras tan profundas y feas que dan asco. A veces la desconozco, la miro y pienso que no es mi pierna, porque ni siquiera puedo apoyarla para caminar. Sé que sí lo es pero no lo parece. Tiene otro color, es casi negra, huele mal. Supongo que está en pleno estado de descomposición, como estaría todo mi cuerpo si me hubieran dejado morir… es terrible. Aunque nada se compara con estos malditos dolores que casi me vuel- ven loca. Que ¿cómo podría describirlos? me preguntó una doctora que hacía encuestas en el Seguro… medité un poco antes de responderle: como cientos de vidrios que se clavan en la piel al mismo tiempo, o como si me pusieran la pierna en un anafre ardiendo, o como si me estuvieran poniendo chile en las heridas. Es por eso que todos los dias le pido a Dios que por favor ya me recoja. Además le ruego, le suplico que todos los muertos estén bien muertos cuando mueren, porque el dolor de la descomposición del cuerpo cuando no mueres del todo es realmente inhumano…

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