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Todo es risa y diversión hasta que me doy cuenta que voy cayendo varios pisos hacia el sucio concreto de una acera pisada por millones de personas al día. La sonrisa se convierte en angustia helada y en un grito apagado que termina con un mortal golpe.

El sudor y las lágrimas empapan mi almohada, el corazón me va a explotar y despierto en el mismo sitio de ayer. Llega la mujer de zapatos blancos que me dice que todo va a estar bien y comienzo una caminata por los pasillos de este lugar carente de vida.

Todos los que están aquí me parecen tan familiares, siento como si los hubiera visto miles de veces pero no reconozco a nadie. Últimamente todo me parece un recuerdo que no estoy seguro de haber tenido y sólo me baso en lo que todos los días me cuentan estos seres grises y sin expresión.

Este lugar a veces es aburrido. Infestado de personas lentas que caminamos de un lado a otro, comunicándonos apenas lo básico y eso ni siquiera funciona para crear algo entendible. Todo se queda en el aire, aunque no nos demos cuenta, y seguimos con la densa rutina de todos los días. Eso dicen los manuales que seguramente están arrumbados en algún sitio.

Hoy es un día tranquilo y me la paso caminando por los pasillos pálidos del lugar con mis pantuflas grises, mi bata azul y una ropa vieja que me parece demasiado abrigadora para cualquier temporada. Recibo visitas de personas que me hablan de temas que, supongo, deben ser importantes tanto para ellos como para mí. No lo sé, no lo recuerdo. Cuando me aburro camino hacia otro lado y nadie dice nada. Así debe sentirse la libertad que los antiguos esclavos conocieron al morir o la de los estudiantes de primaria al terminar el ciclo escolar.

Comienzo a sentirme cansado, tal vez sea por el coctel de pastillas que difícilmente pasó por mi garganta y previamente recibí en un pequeño vaso desechable. Confundo realidad con fantasía pero no me doy cuenta, igual que ayer, entonces simplemente me dejo llevar a un viaje que disfruto como tantos otros que he tenido, patrocinados por el sistema nacional de salud.

Imagino que nadie se da cuenta y que las llaves del edificio caen en mis manos por arte de magia; me dirijo a la parte más alta del edificio. Camino cautelosamente, pero sonriente y feliz como niño que acaba de hacer una travesura a su compañero de banca. La pequeña barda que divide el sexto piso del hospital y el infinito está cada vez más cerca. El vértigo es una sensación terrible, pero a mí ya no me causa ningún malestar.

Escucho pasos veloces que se convierten en golpes directos hacia una puerta que está a unos cuantos metros detrás de mí. Todo es parte de la broma que todos jugamos en este sitio. Gritan mi nombre como esperando una respuesta de mi parte. Mi corazón late a toda velocidad.

Río nerviosamente y levanto un pie para dar un paso adelante. La sonrisa es una angustia helada y los gritos que se escuchan ya no son míos. Siento el aire en todo mi cuerpo esperando el mortal golpe. Ya no despierto.

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