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Brillo, mucho brillo es lo que recuerdo… bueno, eso y mucho dolor en los ojos principalmente. Después, cuando el trauma hubo pasado y mis sentidos empezaron a activarse, a normalizase, comencé a prestar atención a los infinitos ruidos que me rodeaban: un perro ladrando mientras perseguía un auto, el hule de las llantas despegándose del asfalto, el trinar de los pájaros y el barullo de las personas. No sé en qué idioma hablaban, sólo recuerdo que a mi parecer hablaban muy bajito y que por más esfuerzo que hiciera no lograba escucharles ni entenderles.

Fue ahí, en mi fútil intento de comprender ese mar de palabras incoherentes, que lo percibí, ¡Pan! ¡olía a pan recién horneado! no sé de qué dirección provenía ni desde qué distancia, tan sólo recuerdo que hasta mi nariz llegaba un delicioso aroma a vainilla, a azúcar ligeramente tostada por el calor de un horno de leña, y que esa combinación estaba haciendo que mis glándulas salivales exprimieran su contenido en mi boca, lo que hizo que me diera hambre. Y no fue un hambre digamos, “normal”, fue mas bien como la que te da después de no comer como en tres días (sensación que después experimenté realmente y por cuestiones diversas) y que con el más mínimo olor, inclusive de un alimento al que no estás tan “apegado” o que no te gusta, logra despertar un deseo voraz de abalanzarse sobre aquello que te despertó un sentimiento tan primitivo y con el que reaccionarás de igual manera, primitivamente.

Ahí estaba yo, con el rugir de mis entrañas y con un escalofrío recorriendo mi cuerpo y mis terminaciones nerviosas saturando mi cerebro con sonidos, olores, sabores que aún no conocía, pero que imaginaba cómo se paladearían. Fue ahí cuando caí en cuenta de que seguía sin ver, tal vez por el brillo de esa luz, aunque en mayor medida era porque no abría los ojos; cual cortinas de acero mis párpados se negaban a levantarse, tal vez por el cansancio de todo el trabajo, por el viacrucis o no sé como lo llamarían los jóvenes en estos días. Reconozco que todo sucedió de madrugada y que en ese momento yo me sentía más confundido de lo que me sentía al alba porque, a decir verdad, pasado un tiempo, las emociones se empezaban a asentar en mi cerebro y el motor intelectual iniciaba su ciclo racional una vez más.

Ahí fue cuando empecé a sentir miedo, temor a lo desconocido, a la incertidumbre, porque ¿qué iba a ser de mí después de eso?, ¿quién me iba a cuidar?, ¿qué iba a comer?, en todo ese tiempo de vida no había tenido que buscar mi propio alimento, siempre había sido provisto de él por medio de ese cordón umbilical que la mayoría conocemos.

Antes de que los temores y las dudas me hicieran presa, el sonido de una voz femenina, ronquita y tenue, como esas voces que quedan después de los conciertos de tus bandas favoritas resultado de corear todas las canciones del repertorio, hizo que saliera de mi trance o más bien, que entrara en el suyo. Sin saber cómo, me levanté y también de manera imperceptible me encontré frente a la ventana del balcón, con los ojos cerrados, buscando instintivamente esa voz de gitana que me había hecho levantar de la cama.

Ahí parado en el quicio de la puerta, con el glamour de una ciudad efervescente respiré profundo, la primer bocanada de aire fresco aderezada con la esencia del pan recién horneado, la primer bocanada de manera consciente de mi primer día de vida, de esa vida independiente que años atrás había soñado y que me había costado mucho trabajo, sudor y planeación alcanzar.

Abrí los ojos y vi un cielo azul con nubes blancas que hacían figuras caprichosas en los resquicios de los edificios cercanos al mío, bueno a mi departamento, sí, ¡a MÍ departamento!

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