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Dicen que uno se acostumbra casi a todo, menos a no comer o dormir. A veces creo que eso es verdad. Yo me acostumbré a ser el payaso de esta ciudad y todos me tratan como tal. Dejé de ser gracioso casi al mismo tiempo que la gente de este lugar. Como una carrera de caballos con final de fotografía donde el segundo lugar quedó ahí por una nariz de diferencia.

Pasé de ir a las reuniones de adictos después de la primera sesión. Eso era suficiente para saberme más divertido que todos esos grupos de holgazanes que vierten su culpa en algo o alguien más. Sigo siendo un adicto al alcohol y otras sustancias pero conservo mi sentido del humor. Negro como el petróleo, pero al final es algo de lo poco que me queda.

Las rutinas para niños quedaron en el pasado porque este mundo no acepta a los subnormales como yo y mucho menos los quieren cerca de sus pequeños monstruos. Por eso mejor vago por los bares y cantinas que huelen a orina y cigarro, casi igual que las fiestas infantiles. Además también hay niños, todos tienen más de 40 y más de la mitad de esos años con adicciones e historias lúgubres y divertidas

-Hola, flaco. ¿qué te sirvo?

-Una cerveza. Oscura.

-Lo sé. Como siempre.

En la cantina “El príncipe” siempre son amables y los tragos son baratos como carne de gato, aunque nunca falta la broma barata sobre mi apariencia. Nunca significa ‘nunca’.

-Oye, payaso, cuéntanos un chiste.

La broma empieza así: “Había una vez un payaso al que no le gustaban los chistes sobre su apariencia…”

Cuando un tipo maloliente, mal vestido y que parece que ha sido atropellado varias veces te mira de esa forma lo mejor es callar e invitarle un trago.

Nadie ríe y todos siguen bebiendo.

El maquillaje lo llevo impregnado en mi percudida cara como la grasa de los zapatos que el bolero no se puede quitar después de miles de pares lustrados, o como el barniz de muebles que ha dejado las manos del carpintero como guantes viejos de béisbol. Yo no creo en nada pero algunos dirían que es la cruz que debo cargar.

Escuchamos boleros, canciones de Tom Waits, Roy Orbison y hasta Juan Gabriel. En este bar uno nunca se puede aburrir. Lo malo es que en algún momento dejará de existir. Como todo.

Salgo de madrugada y llego a mi departamento. Marco y ella contesta del otro lado.

-¿Sí?

-Hola, Cándida. ¿cómo estás?

Al menos ese solía ser su nombre.

Ahora vivimos otros tiempos. Todo está a punto de cambiar.

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