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-¡No puedo creerlo! – dijo Esther, que siempre ha sido la más envidiosa del grupo.

– ¿Dónde lo conociste? ¿Cuántos años tiene? ¿es joven y guapo? – me bombardeó Fernanda, quien de chiquita era muy chismosa, y ahora era periodista.

Sofía y Clara me miraban incrédulas pero se notaba que se alegraban con mi felicidad.

– Se llama Paolo y lo conocí en el centro de Coyoacán. Yo iba muy apurada, caminando como loca

-Será novedad – me interrumpió Esther. Las otras la miraron con fastidio. – Está bien, me callo, continúa.

-Iba como loca cuando, por no fijarme, piso un adoquín suelto, ya ven cómo tienen de feo Coyoacán esos de la delegación, y estaba a punto de caerme cuando siento unos brazos musculosos que me sostienen y una bella voz me pregunta “señorita, ¿está usted bien?”

-¿Te dijo “señorita”…a tu edad? – volvió a interrumpir Esther burlonamente – está bien, cada quién, continúa.

-Total- proseguí disfrutando mi relato pero aun más la envidia de Esther- para no hacerles el cuento largo, nos fuimos a tomar un café, estuvimos a gustísimo un buen rato, me acompañó hasta mi coche, y antes de irse me dio un beso en la mano y me dijo “Raquel – para entonces ya me tuteaba- te parecerá asombroso, pero nunca he conocido a una mujer tan hermosa como tú. ¿Tengo la posibilidad de volverte a ver?”

– ¡Noooo! – gritaron las cuatro al unísono.

– ¿Y qué hiciste? – preguntó la curiosa Fernanda.

-Pues le di mi celular – contesté sonrojándome.

-Y por supuesto no te llamó – intervino Esther.

-Sí, me llamó esa misma noche. Todas las mañanas me llama para despertarme y desearme buenos días, y todas las noches lo mismo.

-No contestaste, así que seguramente ha de estar feo – volvió a lanzar su veneno Esther.

– Te equivocas, querida – recalqué cada palabra con placer- si no lo hubiera visto envejecer, juraría que es el mismísimo Alain Delon y que tiene un retrato como el de Dorian Grey. ¡Ah! Y antes de que hagas otro comentario, ni es gay ni la tiene chiquita.

Todas rieron.

-Touché – dijo Esther.

– Bueno, ¿y luego? – preguntó Fernanda.

-Llevamos un mes saliendo…haciendo el amor – dije bajando la mirada, divertida

– Uuuuhh- dijeron Clara y Sofía

– Y en fin, es una joya. En las mañanas estudia, en las tardes salimos, o se queda en la casa a ayudarme. Lava, plancha, repara lo que está mal, me lava el coche.

-¡Órale, y no tiene un hermano? – preguntó Sofía

-O cuatro, para todas ¿no? – continuó Clara.

– No – les respondí con una sonrisa- es molde único.

-¿Y qué dijo de que venías a tomar el café con nosotras? – preguntó Fernanda

– Estaba encantado. Me dijo que era una excelente idea, y que aunque iba a sufrir por no verme, así podía aprovechar para limpiar la casa. Me dijo que me la iba a limpiar como seguramente nunca me la habían hecho.

– No, esto no puede ser verdad – dijo Esther- Raquel nos está engañando. ¿Por qué no vamos a tu casa a comprobar que este Adonis surrealista existe de verdad?

Salimos de la cafetería y fuimos hasta mi casa. Llegamos, abrí la puerta y vi mi casa completamente limpia. No estaba mi sala, ni mi comedor, ni mis cuadros, ni nada de nada. Mis amigas se quedaron mudas, de pie, en la entrada. Yo recorrí toda la casa, y no sólo no había rastro de Paolo, tampoco de ninguno de mis muebles, televisiones…es más, hasta mi ropa se llevó el desgraciado.

-¡ Cabrón! – dije rechinando los dientes mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas.

Sentí unos brazos que me rodeaban y unos labios rozaron mis mejillas

– Estamos contigo – me dijo Esther con la voz quebrada.

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