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Había corrido más de una hora y como siempre, el reloj seguía avanzando. “No hay quien pare la saeta del reloj, ni el calendario”, le había dicho la última vez que llegaba tarde a su cita, retrasado por el tránsito y distracciones accidentales. No le incomodaban el frío, la lluvia ni la insistente mesera preguntando cada vez que pasaba si se le ofrecía algo más que ese café que llenaba una y otra vez por el mismo precio de una taza; le incomodaba la idea de esperar a quien tras mucho tiempo, por fin había llegado.

A lo lejos, entre las calles, se veía gente correr entre los charcos tratando de guarecerse de la tempestad que a ratos amainaba sólo para tomar más fuerza y caer fría sobre las cabezas de aquellos más descuidados a quienes sorprendió sin paraguas. La ciudad solía llenarse de charcos que cubrían avenidas enteras casi del modo en que el Amazonas crece cada año. En esos charcos podrían haber vivido pulpos y tiburones, de no ser por la basura que flotaba hacia las orillas hasta encontrar alguna alcantarilla que tapar y hacer más profundo el charco.

Bajo la superficie de aquellos charcos convertidos en mares, escapando de los neumáticos, había todo un ecosistema de peces, crustáceos y anfibios con deformaciones, producto de la intensa contaminación que cubría la ciudad. Pescar en esas aguas era una tarea casi tan peligrosa como adentrarse en el núcleo de un reactor, salvo porque en aquél, tendría la certeza de lo que podría encontrar.

Mientras tanto, del cielo seguían cayendo enormes lágrimas del gigante que vivía al final de la guindilla, y que a su paso arrasaban con el poco follaje que les quedaba a los árboles. Era un espectáculo peculiar exclusivo a sus ojos, llenos de imaginación. Tomó la taza entre sus manos sin dejar de mirar por la ventana y, de manera automática, acercó el borde de la taza y la inclinó sin encontrar el elíxir que le reavivaba la espera: se había agotado el café.

Llamó desde lejos a la mesera agitando la taza vacía en su mano hasta que, de mala gana, aquella muchacha de cabellos decolorados la rellenó con café quemado desde hacía horas. No le importó, era café.

Se habían conocido poco más de dos años atrás, y sin darse cuenta terminaron compartiendo los platos del restaurante y eligiendo juntos el color de las sábanas con que se arropaban en las noches de frío y sobre las que tendían sus pasiones. Unilateralmente y en secreto, cada uno había decidido que dejaría fluir las cosas, y al igual que con los ríos, todo había tomado cauce.

Eran casi las ocho. Empezarían esas dos o tres horas que tenían para disfrutarse mutuamente antes de partir en direcciones opuestas para finalizar su día y esperar al siguiente para volverse a encontrar. Bastaban dos, tres horas para contemplarse, y dos de cada siete días para amarse, para ir por el mismo pasaje en una historia de amor.

Bebió más café. Con un gesto de simulada cortesía, la mujer volvió a llenar su taza. Era la quinta y sería probablemente lo único que pudiera incluir en la cuenta. Apresuró el primer trago y volvió su mirada a la ventana por la que veía, más allá del parque, una iglesia, un hospital y una romería aglutinando en sus pórticos a la gente que esperaba un momento oportuno para escapar de un resfriado.

A lo lejos escuchó el campanario. Era hora. Llegaría en cualquier momento y empezarían esas horas en las que el mundo sería solo suyo y podría armarlo y desarmarlo a voluntad. Hablaban de todo y de nada, se reían, lloraban, jugaban a ponerse serios y volvían a empezar. Ese par de horas bastaban para iluminar hasta el día más obscuro y cruzar cualquier mar que se hubiera formado en las calles, aun con tiburones y calamares gigantes.

Eran dos extraños conociéndose. Eran dos enamorados.

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