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El ¨Cabulita¨ tiene 40 años.

Hace 32 llegó directo desde un pueblito de Puebla.

Tenía 7 hermanos y él era el sexto. Entre tanto escuincle, lo más seguro es que nadie se hubiera dado cuenta de que ya no estaba porque, además, su mamá estaba embarazada del octavo, cuando decidió largarse para no regresar. Su papá lo molía a palos cada vez que llegaba borracho, que era prácticamente cada noche.

¿Cómo llegó? Eso sí quién sabe. No lo tiene claro. Al tercer día de haber agarrado camino y caminar sin parar y sin saber hacia dónde, de dormir en la calle, unos chamacos le dieron su primera bolsita con “mona” para espantar el hambre y poder dormir.

Hasta que llegó al DF, al centro. El primer día se metió a la iglesia de San Francisco. Tal vez si trataba de respirar sin hacer ruido, sin que oyeran la fuerza y rapidez con que latía su corazón, podría pasar ahí la noche, escondido debajo de una de las bancas. Pero no. Por supuesto que lo vieron. Lo vieron y lo sacaron. Y así conoció a todos los demás. Todos los demás hoy eran unos y mañana otros, a ratos los mismos.

También estaban ellas. Nunca faltaban. También eran niñas golpeadas, violadas por sus padres, el abuelo, los tíos, los hermanos.

Él tenía unos 15 años cuando llegó la “Güera”. A saber la edad que tenía ella. De todos modos, a nadie le importaba.

La “Güera” era linda. Tenía un brillo especial en los ojos cuando llegó porque hacía poco que se había salido de su casa y todavía no se había dado su primer pase de “mona”. No pasó mucho tiempo para que eso cambiara.

Le gustaba estar pegadito a ella. Y así, poco a poco, se fueron haciendo indispensable el uno para el otro. Y así, una noche, se abrazaron fuerte, muy fuerte, para espantar el frio de la noche. Y se sintieron y se reconocieron de otra forma, con otro gusto. Y la “Güera” quedó embarazada.         

Y alrededor de 8 meses después nació el bebé. Y les vivó unas horas. Y en cuanto murió lo dejaron en una caja, en las coladeras. Las ratas se harían cargo de que nadie, nunca, supiera que había nacido, que había vivido unas cuantas horas y que sus padres le habían conseguido la caja menos maltratada que hubieran podido encontrar para que su cuerpecito descansara y desapareciera.

Por alguna razón, de la que ellos no tenían idea, no hubo más embarazos.

Una vez llegaron unas personas, más mujeres que hombres. Eran unos 10. Querían convencerlos de que dejaran la “mona” y cualquier otra cosa que usaran. Querían llevarlos a lugares donde pudieran rehabilitarse, estudiar, dejar la calle.

No faltaron lo que estuvieron tentados a hacerlo, y convencidos de que era bueno trataron de convencer a otros de hacerlo también..

En menos de una semana fueron apareciendo muertos.

Ya parece que los iban a dejar. Si son los mejores empleados. Un taco, su dosis, apenas unos pesos y tenían los “dealers” más baratos y leales que pudieran conseguir.

Claro, en cuanto aparecieron los cuerpos todos supieron quién los había matado, porqué y que lo mejor era no querer salirse del carril.

Total, se contaban con los dedos los que habían intentado salir de ahí y de eso sin regresar.

Él mismo lo intentó alguna vez, pero la calle lo llamaba, lo encantaba, como con un canto mágico que lo jalaba sin remedio.

El “Cabulita” tiene 40 años.

Y 32 de esos 40 ha sido un niño de la calle; la calle que lo llama, que lo encanta, y que lo atrae con su mágico canto.

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