Home

Una, dos, tres gotas. Aprieta el pequeño bote y lo dirige a sus ojos. Primero el derecho, el izquierdo después. Parpadea. El líquido hace lo suyo. Alivio temporal.

Hacía semanas que el oftalmólogo le había diagnosticado un fuerte déficit en la producción de lágrimas naturales y le había recetado unas ‘lágrimas artificiales’ cuyo precio hacía honor a su gracia.

‘Lágrimas artificiales’… escuchar el puro nombre de boca del médico le había parecido gracioso, hasta había soltado una risa leve pensando que bromeaba. Sabía de risas, de palabras y otras cosas de esa misma índole, falsas, pero nunca había pensado que se pudieran comprar gotas de agua para descargar el peso de los ojos, y mucho menos había imaginado nunca que en algún momento de la vida las necesitaría.

Para C las lágrimas eran un símbolo de debilidad, un indicio de que no había podido con algo y ese algo le había rebasado hasta romperse en llanto, y eso, romperse, no era algo que soliera permitirse. La sonrisa lista para usarse, el chiste perpetuo, el lado bueno de las cosas siempre eran más fuertes que nada, más fuertes que todo.

Pero la vida tiene sus propios métodos y caminos para llevarte hacia todo aquello que has almacenado, y una vez que llegas, el camino de regreso no será fácil. Poco más de ciento cincuenta días habían sido suficientes para exprimirle el arsenal de lágrimas que había guardado para una mejor ocasión; para las muertes, para las enfermedades, para las cosas sin remedio, para aquello por lo que, hasta ese momento, le había parecido que valía la pena llorar.

La mayoría de las veces, las lágrimas naturales atacaban a solas, pero otras, incontrolables, aparecían frente a cualquiera que las desatara con una pregunta tan simple como un ‘¿cómo estás?’ Traicioneras, desastrosas, culpables totales de perder la compostura que le había costado años, aparecían así, sin aviso.

Y si para C era algo nuevo, para los de afuera eran una reacción inesperada, inmanejable; porque nadie reconoce la profundidad de la herida si el portador siempre ha bailado tras la máscara de la sonrisa eterna. La fuerza es de admirarse, pero la debilidad es una característica de la que preferimos huir esperando que sea pasajera. Porque cuando alguien pregunta ‘¿cómo estás?’, casi nunca espera que respondas ‘mal’.

Así que por primera vez se dejó fluir y lloró hasta secarse. Lo descubrió una mañana al intentar abrir los ojos y sentir enormes y secas lagañas cubriendo sus ojos. El ojo tiene un mecanismo propio para humectarse y, al parecer, el suyo se había descompuesto. Fue así que llegó al oftalmólogo. Fue así que se enteró que las lágrimas podrían comprarse y se preguntó si alguien, en algún lugar, habría inventado una paz mental en gotas por la que también se pudiera pagar.

Una, dos, tres gotas…

2 pensamientos en “Peace and Quiet por Verónica Gonsenheim

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s