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Clara vivía atrapada en un mundo del que rara vez salía. Los días y las noches eran idénticos, no existía diferencia entre la luz y la oscuridad. La vida transcurría frente a sus ojos sin que nada le sorprendiera, todo era lo mismo. Vivía de rutinas y para las rutinas.

            En la mañana al abrir los ojos lo primero que veía era la luz que se filtraba a través de las persianas. Cuando los rayos solares eran lo suficientemente intensos, le permitían observar cómo flotaban las partículas de polvo sin dirección alguna; no iban a ningún lugar, no venían de ningún lugar. Flotaban igual que ella. Ahí fijaba la mirada hasta que una enfermera atravesaba el umbral de la puerta gritándole un “buenos días” que ella ignoraba por completo.

            Sin excepción alguna, la cofia que entraba le quitaba de un jalón las sábanas y cobijas que la cubrían. La piel de sus brazos y piernas quedaba al descubierto. Clara volteaba a ver sus manos llenas de pecas, de arrugas, de venas verdosas que la edad había comprado sin preguntarle si estaba de acuerdo. Sus piernas llenas de varices anunciaban el dolor que probablemente sentía, pero que nunca gritaba.

            Los brazos jóvenes de las enfermeras siempre la tomaban de las manos con dulzura y la jalaban para que se sentara justo en el borde de la cama. Su cuerpo entumecido cooperaba más por compasión hacia a aquellas mujeres que hacían su trabajo que por decisión. Al parecer, incluso en estas circunstancias de olvido recordaba que nunca le había gustado dar problemas, que le incomodaba dar molestias, y que siempre resolvía lo que la adversidad le ofrecía.

            Los movimientos que avisaban el baño matinal siempre eran los mismos, la enfermera tomaba la toalla, sacaba las chanclas del buró y hacía un gesto que le indicaba a Clara que tenía que bajar de la cama. Ella, sin excepción alguna, tocaba con los pies el frío de la loza, negándose como siempre a meterlos en las chanclas y los obligaba, muy a su pesar, a moverse en dirección a la ducha.

            Ya dentro, la enfermera le quitaba la bata blanca. Clara cerraba los ojos, le dolía ver el deterioro de su cuerpo, prefería negarlo todo, obscurecer la realidad, evitarla. La mano de la enfermera la guiaba hacia el chorro de agua que caía por la regadera. Una vez que entraba en contacto con el agua, la ansiedad que le provocaba su irremediable vejez disminuía, el agua era una especie de bálsamo que le permitía olvidar los años de lucha, de cansancio, de sueños malogrados, de infortunios cancerosos; dejaba caer la cabeza hacia atrás y que el agua cubriera su cuerpo lleno de cicatrices, invadido por los dolores, reconstruido por las deformidades ocasionadas por la artritis.

            Una vez que había terminado el ritual del baño se dirigía hacia el pequeño sillón que estaba junto a la ventana. Ahí se sentaba para esperar que alguna visita llegara. Siempre esperaba en vano, o al menos ella eso creía, sentía que solamente la soledad la acompañaba, nunca salía al mundo para saber qué pasaba. Afuera el ruido de los platos, de los carros que distribuían las charolas con los alimentos matutinos se hacían presentes. Llegaba el momento del desayuno. Otra enfermera entraba y entre bocado y bocado le hablaba de la vida detrás de aquellos muros que la circundaban. Clara no oía nada. No le importaban los éxitos de las estrellas de cine ni los desastres naturales, mucho menos los fraudes de los políticos; únicamente sabe que un día había decidido vivir ajena a aquel mundo que tanto dolor le había ocasionado. Decidió ignorarlo como él la había ignorado.

            Una vez terminado el desayuno, la enfermera llevaba a Clara a la sala de estar para que compartiera lo que restaba de la mañana con otras personas más o menos solitarias, más o menos presentes. La habitación era bastante grande, los sillones cómodos y la luz invadía hasta el último rincón de aquel lugar. Clara se sentaba en el mismo lugar, para escuchar con tranquilidad las notas que emanaban de la bocina y esperando que sonaran los acordes de Sway de Dean Martin. En ese momento volvía a la vida para recordar a su hijo.

            En su mente se dibujaba la eterna escena en la que su hijo le decía “Escucha esta canción, má, te va a encantar. “ Cada uno con un audífono escuchaba la voz de Dean Martin y, a la vez, comentaban que un día bailarían en una pista frente al asombro de todos. Él llevaría un sombrero y un traje blanco con corbata azul y ella una bella falda. Serían la envidia de todos. Al final de la canción, Clara dejaba escapar el nombre de él, de su hijo. Después, todo volvía a ser igual. La vida sin vida se apoderaba de ella una vez más.

            Cada tarde que Alejandro, el hijo de Clara, se presentaba en el hospital, las enfermeras le contaban que su madre lo había vuelto a mencionar mientras Dean Martin cantaba. Él sonreía,

7 pensamientos en “Sway por Patricia Arciniega

  1. Amiga ! muy real tu narración acerca de la vida !! y creo que el mensaje que me aportas :
    es vive hoy y siempre !!!que cuando la vejes te llegue volverás a vivir con tus recuerdos

    lleno tu cuento de reflexión!

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  2. No sólo nos pones los elementos para imaginarnos la escena, también nos transmites sensaciones y eso es genial. En lo personal creo que el último párrafo le quita ¨punch¨, pero ese ya es mi gusto. Ya considérame tu fan, no te leo inmediatamente pero sí espero tus historias con gusto.

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  3. Patt… este cuento me ha dejado con total sensación de miedo, miedo al futuro, al presente…
    Es así como será?
    aún así me ha gustado
    siempre me han gustado tus textos!!

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  4. Un magnífico relato, muy veraz, de cómo una mujer (podría ser yo) se hunde en la soledad sin estar realmente sola. Se desconecta para no sufrir más de la cuenta. Pero tú y yo sabemos que sufrir nos dice que estamos vivas. Eres muy buena narradora, con buen pulso y excelente expresión. Me gustó mucho.

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