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Nomás pura chuchería, revoltijo de palabras, mentidero permanente que sin asidero posible te traiciona a cada paso, puro engaño con daño incluido y caducidad permanente. Falsa la mirada, falsa la sonrisa, falso todo y por encima y no contento te pasaste a la otra acera, sí, aquella que se denomina insinceridad -otros la llaman distinto pero, ¿para quién valen los distingos? La calumnia, la infamia, es la misma.

Te quiero, dijiste, pero no, no importaba a tu cabeza ni a tu ser interior más profundo si esa semilla que sembrabas germinaría, te dijiste:

–¿Para qué regarla? ¿Para qué cultivarla?

Nada, que viva el caos y el orgullo, la malicia sin pericia, la torpeza de hacer creer, que viva lo maligno que atraviesa las paredes más erguidas, que se derrumbe el corazón, gota a gota. Que caiga y decaiga. Que nunca vuelva a la senda del equilibrio y la templanza, ¡no, que viva la hipocresía y todo su desgaste!

Es en el desamor donde sienta sus reales el deseo de trastocar la delicadeza y sus nervios adyacentes. Nadie se dará cuenta, pensaste, sólo tú y lo callarías. Patadas anónimas sobre la mente enamorada de una quimera inasible, –cómo más habría de ser. Si en lo más palpitante del instante está la vida de ese verdugo que es el desamor, que te toma por la espalda y te amenaza.

Y es que el odio surge en la entraña aún no nacida, es allí, en el aún nonato donde florece lo que dará esos frutos podridos que cosechará todo aquél que haya hecho surgir en su cerebro y en su interior más oscuro y profundo, el desasosiego infinito que podrá provocar en el otro, en el odiado, en el irrebatible prójimo quien será engañado múltiples veces hasta la náusea de saberse nacido para distraer, por un periodo, o dos, o tres, a la muerte, esa que sí está enamorada pero lo revela en el último momento, traidora que engatusa al más pintado.

Y después, tirar al olvido lo más preciado, lo irrecuperable, lo más amado, para ser entonces el clasificado más bajo, el artero, el sinvergüenza, el que trastoca haciendo que se desdibuje la sonrisa de quien creyó que había encontrado sin saber que lo amargo, boca adentro, sería el imperio en el que reinaría por los siglos de los siglos.

¡Ah! el nacimiento de lo amargo a la orilla del río que desemboca en las vísceras que se retorcerán de llanto y de dolor imparables, ¡pobre diablo! Nunca habrá de levantar cabeza de nuevo, no se volverá a erguir, será el árbol doblado por la desesperanza, por el altivo aroma del menosprecio.

Te quiero, dijiste y tomaste mi mano hasta quebrarla, fractura delirante, entre tus manitas frías y ásperas. El marfil es el poderío de una blancura que, al deslumbrar, engaña. Serás el piso más frío por el que pie alguno pueda haber transitado. ¡Marfil, reflejas la noche oscura del desalmado! Engañas por albo y matas todo el palpitar de lo obsceno para darlo en alimento a las huestes de los ateridos. ¡Venganza, sí, venganza! Has sido engañado, rebélate ante el infortunio, clama la revancha del que se siente acomodado en el desfallecimiento.

Y sentí en mi pecho el filo dentado del arma blanca que brilla tras los labios que profieren la amenaza más alta, la más enaltecida de todas, la que por lo mismo caerá hasta despedazar la cabeza de hombres y mujeres que creían haber encontrado cuando, en realidad, estaban más perdidos que nunca, parados en la oscuridad que brilla por estar ausente todo sentimiento de verdad y de nobleza.

¡Has caído y nunca más te levantarás! Padece, ¡oh!, ignorante de la desgracia. De hoy en adelante en ella vivirás. Te designo el futuro más desierto, oasis de la desesperanza, espejismo donde se incuba tu próxima herida, viaja hacia el abismo de lo inaudito, tú, amado por nadie, engañado por tu delirio de poseer.

Un fuerte latido, un beso febril, ¡oh, muñequita linda! Fui enredado por tus cabellos-medusa, seguí el delirio de las notas palpitantes que lanzaban las sirenas. Tus dientes de perla mordisquearon mi alma hasta el despedazamiento ¿quién te has creído? Maldición, maldición, ¡quiero salir de aquí! ¡Sáquenme arrastrando! ¡Me quemo, me incendio! Y escucha lo que supuse un eco divino, envuelto en la temblorosa brisa que desquicia por su imparable zumbido, no lo vas a creer, es la daga que brilla en los dientes de perla ¿o labios de rubí?

–¡Sí, te quiero mucho. Mucho, mucho, mucho, tanto como entonces, siempre hasta el morir!

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