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Tomar la carretera. Sin parar.

Es cierto, lo vio llegar mas no quiso reconocerlo. Poco a poco notó cómo se desvanecía, al parejo y de la misma forma que su reloj de arena, se le escapaba entre los dedos, se escondía; a veces por unos minutos, en otras ocasiones por horas y hace ciento cincuenta y tres días, toda la noche. La esperó hasta el alba pero le venció el sueño sentado en el sillón de la recámara. A media mañana lo despertó el ruido de la puerta. La miró por la ventana; la maleta verde rodaba tras ella.

Día tras día
dentro de su mente
esa fotografía
aparecía recurrente.

Era una gran batalla concentrarse aún en las labores cotidianas más simples; evitaba manejar el auto, incluso tuvo un accidente menor sin motivo aparente. Sus compañeros de trabajo tuvieron que cubrirlo en más de una ocasión por olvidos y errores. Depresión. La teoría la conocía, mas simplemente no lograba salir de ese marasmo; necesitaba una pausa, una tregua y ella, con su perfume de ámbar y jazmín y su sonrisa fresca se la dio.

Día tras día
junto a sus ojos
hoy con Lucía
no hay cerrojos.

Tomar la carretera. Con destino.

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