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           La primera vez que escuché el “Re” de Café Tacuba completo y de un solo tirón fue con un walkman dentro de un bus interprovincial que nos regresaba de Huancayo a Lima. Era el retorno de un viaje extraño: fuimos emparejados mi ex-enamorada con su nuevo chico y una amiga de ella conmigo. Fueron tres días que me sirvieron para cerrar -¡al fin!- un capítulo en mi vida. Ella había sido mi primera relación y si bien sólo estuvimos juntos cinco meses, estos fueron muy intensos y tormentosos.

             Hacía un año que lo habíamos dejado pero los involuntarios deseos de mi corazón por mantener el contacto vencían a mi torturada razón que intentaba infructuosamente lo contrario. Supuse que hacer ese viaje sería como el punto final a nuestra historia y creía que para ella también tendría el mismo efecto. Ella había empezado a salir un par de semanas antes con su reciente pareja pero tampoco dejaba de llamarme ni yo sentía que tuviera la intención de quitarme de su vida.

          El viaje se desarrolló dentro de un clima de cordialidad, sin máximas demostraciones de alegría pero tampoco sin ninguna tragedia. El cambio se dio la última noche que pasamos en Huancayo, cuando nos fuimos a una discoteca de la ciudad. Bailoteábamos sin parar la mezcla de salsa, merengue y rock en castellano hasta que al ecléctico disc-jockey se le ocurrió pinchar una bachata de Juan Luis Guerra. La amiga y yo empezamos a bailar pegaditos, nos vimos con lujuria y terminamos fundiéndonos en un larguísimo beso de tornillo. Después de aquello, con la cabeza de la amiga reposando sobre mi pecho, busqué con la mirada a mi ex. Ella hacía exactamente lo mismo después de haberse besado apasionadamente con su novio.

           Nos contemplamos durante un eterno segundo. No nos hicimos ningún gesto, sólo nos mirábamos. En ese momento ambos tuvimos la confirmación de que no volvería a haber nada entre nosotros y que luego de ese viaje nos íbamos a dejar de ver. Ni si quiera hablaríamos más por teléfono. En el siguiente segundo cada uno continuó con lo suyo pero una rara sensación de incomodidad se hizo presente en todos a partir de ese momento.

           Así que lo mejor era volver a casa cuanto antes y perder para siempre el rastro tanto de ella como de su amiga. En el trayecto de regreso, en medio de la cordillera central, sonó por mis auriculares “Trópico de Cáncer” y me entró la congoja. Me emocioné escuchando la historia del ingeniero Salvador y la destrucción del ecosistema por manos de los petroleros, al mismo tiempo que contemplaba los hermosos paisajes de la sierra y sus grandes campos verdes. Aunque en realidad, lo más probable, es que no fuera esa la verdadera razón que me estaba haciendo llorar.

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