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Cuando despertó, el dinosaurio seguía tirado en la alfombra de la sala. La casa era una construcción de los años 70 con amplias escaleras que conducían al segundo piso donde se encontraban las habitaciones. Él baja a la cocina, se toma 2 pastillas efervescentes, un pedazo de pollo frito recalentado y prende su cigarro. Se acerca a la sala y observa como el animal respira tranquilamente mientras duerme. Cierra los ojos y niega con la cabeza.

El teléfono celular suena con el mismo tono característico de hace años. Prefiere no mirar y menos contestar. El corazón late cada vez más rápido y él le echa la culpa al cigarro matutino. Comienza a temblar y la cabeza se va nublando poco a poco. Le pone una manta al animal y sube a ponerse un suéter mientras afuera llueve.

Después de unas horas se levanta, se pone los zapatos con suela de goma, una chamarra impermeable y decide salir. Afuera la lluvia sigue constante cayendo en las calles que forman circuitos. Hay caos por todos lados. Autos volteados, otros tantos aplastados. Prefiere mantenerse a salvo escondiéndose entre los árboles que todavía quedan en las banquetas. No sabe exactamente para qué salió ni a donde ir.

Decide regresar y entra por la puerta que no está asegurada y el pobre animal sigue tirado como boxeador que perdió por knock out en el séptimo asalto. Toma el celular que está en la sucia mesa de madera y revisa los mensajes de voz.

—Ya sabemos que tú fuiste. Todavía estamos a tiempo para negociar. Contesta el teléfono.

Suena el siguiente mensaje. Ruido ambiental. Falta uno.

—Rodrigo. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?

Ese último mensaje le hizo abrir los ojos y ponerse más alerta que al escuchar el primero, el más peligroso. Aquí nadie quiere negociar. Todos van de cacería del que se descuida aunque sea por un momento. En este momento eso no es lo importante.

Sale corriendo hacia las calles húmedas y comienza a correr entre la basura que ha quedado por todos lados. Va a toda velocidad por las banquetas, camellones y calles solitarias donde apenas uno que otro auto avanza rápidamente sin detenerse ni para voltear a verlo. Sus pulmones parecen empezar a incendiarse y su garganta estaría más seca si no fuera por el agua que traga y ya lo ha dejado empapado.

Trata de respirar profundamente y limpiarse los ojos cuando en un momento siente un golpe en la nuca y es llevado hasta el interior de una camioneta.

—Cálmate o se va a poner peor para ti. Tienes que acompañarnos.

Minutos después, escucha un portón que se cierra y le quitan la venda de los ojos. Se adentran a una mansión iluminada y maloliente donde varias personas con batas blancas lo reciben y le dan la bienvenida con toallas y ropa para que se cambie.

—¿Qué pasa aquí?— Pregunta asustado.

Juntos caminan a un sótano que parecería enorme en comparación con la mansión donde la peste es mayor y el ruido es infernal. Los animales en jaulas se ven nerviosos y violentos.

—Lo que pasa aquí es el principio del cambio. Tú tienes algo que nosotros queremos y nosotros te podemos ayudar. Tienes que confiar. Tú debes ser parte de esto. Los demás ya están por llegar.

En ese sótano también hay dinosaurios y otras especies que juntos forman un escenario lúgubre y triste.

Unos minutos después, ya con ropa seca, que extrañamente era de su talla y su estilo, Rodrigo se queda esperando en lo que las demás personas siguen tomando notas, escribiendo en computadoras y tomando té para mantener una buena temperatura.

—Y bueno, ¿para qué me quieren aquí?

Algunos lo voltean a ver y ríen sarcásticamente hasta que uno de ellos se levanta y se acerca.

—Ponte la bata, ya vamos a empezar.

—No les voy a dar nada.

—No hace falta, lo que estaba en aquella casa ya viene en camino. Siéntate aquí. Te voy a explicar tu tarea.

El dinosaurio que estaba tirado en la alfombra de la casa entraba por la gran puerta dentro de un camión cerrado. Rodrigo ya no dijo nada y ahora se dedicaba a escuchar.

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