Home

Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería –me dijo la esposa–, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre, llevando en las manos el racimo de sus entrañas.

Poncho Lanao apartó a su familia llevándola al cuarto de atrás. «¿Pero qué es lo que has hecho?» Santiago Nasar levantó la mirada y de su rostro se asomó una sonrisa casi malévola que le desencajaba la quijada. «Nada. Sólo me aseguré de que los cerdos tuvieran suficiente comida –dijo, mientras arrojaba las vísceras fuera de la casa–, no hay que dejar que se pudra, porque a veces escasea.»

Entró a la cocina y lavó el cuchillo que llevaba entre las manos, sólo para dejarlo en el fregadero, como hace un cocinero después de haber cortado la carne para la merienda. Afuera se escucharon gritos y Poncho Lanao pudo suponer que se trataba de Plácida Linero, presa del pánico al ver a los gemelos Vicario tirados a la puerta de su casa salpicada con sangre, suponiendo que habían sido víctimas de un robo.

Santiago Nasar se sirvió un vaso con agua y pidió a Argénida Lanao que le diera un par de gasas y vendas, y a Poncho Lanao que diera del aguardiente que guardaba en la cantina, para curar las heridas que los hermanos Vicario le habían atestado en la riña. Sabía que sus heridas sanarían, pero no las de los dos miserables que habían intentado matarlo.

Una vez que estuvo listo, pidió a Poncho Lanao una camisa limpia y cuando se la hubo puesto, salió de la casa y cruzó la plaza de la iglesia como lo haría cualquier feligrés ante el llamado del medio día. Flora Miguel lo vio pasar y sonrío para sí misma, sin saber lo que había sucedido con los gemelos.

Pero Santiago Nasar no fue a la casa de los Vicario. Llegó a la tienda de Clotilde Armenta, pidió un vaso con leche bronca y se sentó a la mesa que servía para colocar los botes lecheros. Bebió despacio. La leche se desbordaba de sus labios y mojaba la camisa que Poncho Lanao le había dado. Cuando la terminó se levantó sin decir palabra, y fue al puerto a esperar el buque en el que llegaba el obispo.

Pasaron las horas y no había señales del buque. Santiago Nasar esperó en el puerto hasta entrada la noche, sin saber que aquél hombre malencarado de sotana blanca sólo hizo la señal de la cruz en el aire frente a la muchedumbre del muelle hasta perderse de vista entre el alboroto de los gallos.

Se fue a casa cerca de la media noche y encontró a Plácida Linero sentada en el escalón de la puerta de la cocina que aún olía a sangre y a mierda, aunque Divina Flor la había lavado con lejía. Ella lo miró asombrada sin saber qué decir. Santiago Nasar le ofreció su mano y la llevó a la sala de la casa. Pidió a Victoria Guzmán un té de azares. «Hoy quiero dormir, tuve un día muy pesado. Necesito soñar.»

Fue entonces cuando Plácida Linero lo entendió: había vivido tantos años a la sombra de los presagios que había olvidado la responsabilidad que le correspondía para vivir su vida. Había olvidado que los sueños eran sólo eso: sueños.

A lo lejos se escuchaba aullar a los perros, atraídos por el olor a muerte de la casa de Poncio Vicario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s