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            – Vamos, deja eso y ayúdame a leer, que la edad ha hecho que estos ojos sean flojos. – Gritó, desde aquel cuarto obscuro, la anciana que tenía como prisioneros a Hansel y Gretel.

        Al escuchar aquel llamado, Gretel dejó de lado la escoba y con paso lento se dirigió hacia la habitación en la que se encontraba aquella vieja mujer de voz rasposa, aliento fétido y arrugas escabrosas. La escasa luz, que emitían las llamas que soltaban los leños de la fogata que se encontraba debajo del enorme caldero que colgaba de lo alto del techo, le permitió ver con claridad los ojos siniestros de un gato que caminaba entre los pies de la anciana y ronroneaba con un tono melancólico que completaba la escena a la perfección. El temor que le provocaron aquellos ojos azul profundo la obligaron a alzar la vista. Fue entonces que logró distinguir los cuerpos inertes de ratas y gallinas que colgaban de las argollas dispuestas en una de las paredes; infinidad de frascos de vidrio cuyo contenido no podía o no quería imaginar y que abarrotaban los anaqueles de una vieja vitrina de madera; objetos que parecían ser amuletos, talismanes o fetiches elaborados con fines que desconocía, pero que estaba segura siempre guardaban una estrecha relación con amores prohibidos, venganzas reprimidas, odios irresolutos. No alcanzó a ver más. La anciana reclamó su presencia cerca de ella y del enorme libro que sostenía entre las manos.

         Gretel dejó atrás el umbral de la puerta y caminó hasta donde se encontraba la vieja de cabello cano, la cercanía con ella le permitió percibir el peculiar olor que de ella emanaba, no sabía en realidad a qué olía, pero pensó que así debería oler el demonio mismo. La anciana le señaló con su mano flaca y artrítica donde debía leer, la gruesa uña manchada de amarillo y negro por los años, por la vida de bruja se posó en el nombre de la diosa de la hechicería “Hécate”. Gretel comenzó a leer y al pronunciar el nombre de la diosa, sintió que una fuerza inexplicable la invadía, como si un remolino de fuerza y furia se apoderada de su cuerpo y de su mente, nunca había sentido algo similar, era una especie de sentido de magnificencia que no sabía de dónde le llegaba, era un deseo por saberlo todo, por dominarlo todo.

          La anciana percibió la reacción de Gretel y, en ese instante, se dio cuenta de que aquella mocosa era la aprendiz que había esperado durante décadas. No le dijo nada. Solamente le indicó con su vieja mano que continuara leyendo.

– Hécate, diosa de la hechicería, escucha lo que te dice mi voz.

       Por el poder de tres veces tres…

       Por aquellos que van y aquellos que vienen…

       Por los vivos y los muertos…

       Por el poder de los cuatro elementos…

       A mi alrededor todas las cabezas se giran, abriéndome paso,  elimino los obstáculos…

       Crece mi fuerza, soy energía…

          Gretel no pudo más. Se desvaneció ante el poder de aquellas palabras. Cayó al suelo completamente inconsciente. Las fuerzas de la anciana no eran suficientes para arrastrarla fuera de la habitación, así que la dejó ahí.

              Al salir de la habitación, volteó a ver el cuarto en el que se encontraba prisionero Hansel y recordó que era hora de darle de comer; con Gretel desmayada no tenía más opción que llevar ella misma el alimento. Ya estaba fastidiada de que aquel joven no engordara lo suficiente. Necesitaba la sangre, los huesos y la grasa de aquel cuerpo para conjurar la pócima que le permitiera recuperar su juventud una vez más.

         Llevaba los platos entre las manos cuando salió a su paso Gretel, quien al ver a la anciana la miró fijamente a los ojos y le dijo:

            — Quiero ser como tú, quiero aprender los conjuros que tienes en ese enorme libro de piel, quiero volver a sentir el poder de las palabras.

            La anciana la miró fijamente a los ojos, le sonrió con malicia y le dio un par de palmadas en la mejilla.

            — Anda, anda. Ya habrá tiempo de estudiar. Ahora llévale la comida a tu hermano.

          A partir de aquel día, Gretel no desaprovechaba oportunidad alguna para leer el enorme libro de piel; le preguntaba a la anciana la finalidad de cada conjuro; lo que significaba cada palabra; la función del cabello, de las velas negras, de las plumas de las gallinas y la sal. El poder que Gretel adquiría con el paso de los días era cada vez más grande. La anciana llegó a tener miedo de la forma en la que Gretel ansiaba aprender todo lo relacionado con la hechicería.

           Mientras tanto, Hansel desconcertado ante la frialdad de su hermana, a la cual veía cada vez menos, no dejaba de preguntarse qué había sucedido, por qué su hermana solamente dejaba la comida y salía inmediatamente de la habitación. Ya no hablaban, no hacían planes para escapar de aquel lugar. Sin saber cómo o por qué, una profunda tristeza se fue apoderando de él. Dormía hora tras hora, el cansancio que sentía su cuerpo no le permitía moverse, ni siquiera abrir los ojos. Una tarde, sin previo aviso, dejó de respirar.

            En la noche, cuando Gretel entró al cuarto de su hermano para dejar la cena, vio el cuerpo inerte de Hansel y se alegró de que hubiera muerto de forma tan tranquila. Sabía que no se hubiera atrevido a matarlo a sangre fría. Finalmente habían tenido una infancia repleta de buenos recuerdos. Sin pensarlo mucho dio aviso a la anciana inmediatamente, pues sabía que para elaborar el conjuro que le daría a la vieja el tiempo necesario para aprender todo sobre hechicería, era necesaria la sangre fresca de su hermano.

        La anciana acudió al llamado sin tardar. Vio el cuerpo rollizo de Hansel y sintió la satisfacción de quien, tras años de entrega, logra alcanzar la meta.

        La luna llena estaba por llegar, tenían el tiempo suficiente para preparar todo. Lo primero que hicieron fue cortarle el cuello a Hansel y colgarlo de los pies para que escurriera toda la sangre, que alguna vez le había dado vida. Lo dejaron colgado durante toda la noche. La sangre cayó gota a gota dentro de un sucio balde de madera.

        A la mañana siguiente cuando ya no había más sangre por escurrir, cuando el cuerpo había adquirido una tonalidad completamente pálida, lo bajaron, lo colocaron sobre una mesa y abrieron su vientre para extraer la grasa que le había dado en los últimos días una figura regordeta.

       Solamente faltaban los huesos, así que afilaron los cuchillos para quitar la carne que los cubría. Se tardaron más de lo que habían pensado. La carne estaba pegada a los huesos como lo está el alma al cuerpo.

        Una vez que terminaron con aquella faena colocaron la sangre, la grasa y los huesos en el caldero, agregaron algunas hierbas y un par de ojos de pescado. La sangre comenzó a hacer borbotones, los huesos navegaban entre la sangre y la grasa de Hansel, era el momento de invocar a Hécate para pedirle que la anciana recobrara una vez más la juventud que los años le había arrancado.

         Levantaron los brazos, alzaron sus rostros hacia el cielo, cerraron los ojos y sintieron la energía de Hécate dentro de sí mismas. Gretel supo en ese preciso instante que ya no necesitaría a la anciana para aprender, entonces, abrió los ojos, vio uno de los cuchillos que había utilizado en la carnicería de su hermano, lo tomó y lo clavó en el vientre de la anciana.

2 pensamientos en “¿Gretel?… ¿Verdaderamente, fue Gretel? por Patricia Arciniega

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