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Esta extraordinaria película maneja dos historias paralelas:

La vida de un gran ejecutivo de bolsa neoyorquino, instalado en un elegante departamento, soltero, con un Lamborghini Diablo y rodeado de féminas. O sea: lo que todo hombre sueña tener.

Por equis razón, un día amanece en una casita ubicada en un suburbio, siendo jefe de una familia, papá de una pequeña y de un bebé, y casado con una mujer común y corriente, excepto que es inteligente y muy bonita. Además, trabaja en una llantera y su posición es totalmente clase mediera.

La historia se va por otros caminos que no cabe comentar aquí.

Así, nos plantea un dilema de valores interesantísimo: ¿qué prefieres: la felicidad que se deriva de una familia ideal, o la que produce el poder, el dinero, los lujos y la satisfacción de tus instintos básicos?

De pronto se rompe el encanto. Nicolas Cage regresa como la Cenicienta a ser nuevamente rico, pero pierde su familia, su vida sencilla, a su maravillosa esposa.

La busca y la encuentra, pero la familia nunca existió según la historia. Ella está a punto de viajar a París como gran ejecutiva también. Se desenvuelve ahora con frialdad, sin dulzura, tocada ya por la personalidad de una empresaria. Ya no hay hijos. Y él le pide que se tomen un café buscando rehacer la historia que pudo ser.

O sea que la película maneja dos escenarios, un final en apariencia triste, pero nos da una opción de recomponerlo.

Ahora bien, ¿cómo rehacer el final en la privilegiada historia de un hombre que conoció los dos caminos básicos que hubiera podido seguir, siendo que ambos producen satisfacciones aunque sean diversas?

El dilema aquí era la elección, pues los valores de ella eran más apegados a los de una mujer de familia, conservadora, muy mamá, muy esposa, muy cariñosa. Simplemente ideal. La pareja que cualquier hombre desearía.

Él llega a esta familia con los valores de un playboy, de un lobo de Wall Street, de uno de los típicos productos del materialismo financiero gringo, con cero sentimientos y 100 objetivos a lograr; un escalador que puede tener éxito económico donde lo pongan, que sabe disfrutar del champagne y la ópera. Un gourmand.

Interesantísima la propuesta. Un desafío para cualquier persona. Pareciera imposible conciliar aquello para lo que fuiste diseñado en la sociedad donde creciste, en la que te preparaste con todo lo que la esencia natural te siembra como el escenario ideal.

Estamos hablando de valores materiales contra valores humanos. ¿Serán irreconciliables?

¿Un buen hombre tiene que ser incompetente para lograr éxito económico?

¿El éxito económico supone pisotear valores humanos?

¿El que transa avanza?

Y por otro lado:

Una mente financiera, ideal para los negocios ¿resulta incapaz de desconectarse de los números y del dinero para cargar bebés, llevar a su esposa a cenar y bailar, jugar con el perro y desconectar el celular y la lap top?

Éste no es un dilema del siglo XX (la película es del año 2000). Es de hoy, y probablemente de los siguientes veinte y hasta cincuenta años, antes de que las familias y los matrimonios desaparezcan por completo ante el embate de la tecnología, la desvalorización humana, la contaminación y las guerras. Pero yo me hubiera quedado en New Jersey, con la hermosísima Téa Leoni, con esos dos niños, con mis torneos de boliche, con las reuniones de carne asada con los vecinos y vendiendo llantas.

El escalar tiene muchos límites.

El primer límite es que no sabes cuándo te vas a morir, aunque sabes que así será.

También, como dice un señor llamado Francisco, que trabaja en Roma, “nunca hemos visto un camión de mudanzas detrás de una carroza fúnebre”, nadie se lleva nada a la tumba.

Por último, como dice Tolle (“A New Earth”) lo único que tienes, todo lo que tienes es el AHORA. El pasado ya no está, y el futuro no existe.

Así es que yo voto por una vida tranquila y, hasta donde se puede, feliz, aunque no haya tantos sobrantes que luego se vuelven compromisos indeseables, lujos perniciosos o riesgos fatales.

Yo nunca hubiera vuelto a Wall Street y hubiera optado por un solo final. Esa sería mi película, aunque ver la que hicieron es un placer que disfruto siempre.

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