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Te encuentras exaltado, eufórico ante esa sensación de una satisfacción mayor a la que esperabas. Te sientes querido, amado, respaldado por un millar de personas que creen en lo que dices, en lo que propones, en ti. De pronto, entre un tumulto de personas simpatizantes no te percatas de “ese”, quien en su rostro refleja determinación; de manera súbita dejas de sentir ese mar de roces cálidos en tu cuerpo y tu cara y la marea cambian por una sensación de acero frío, y antes de poder razonar sobre ello, un disparo en la cabeza y otro en el abdomen terminan prácticamente con tu vida, con tu sueño, con las esperanzas de un país hambriento de justicia, con todo…

El 23 de marzo de 1994 “cerraba la tarde” con una tragedia que repercutiría en la vida de aquel México con jóvenes influenciados por la moda Grunge y el Rap, más interesados en lo que pasaba a su alrededor que en la política nacional o mundial, pero despertando el interés por esto último ante la gran promesa de cambio que ofrecía una persona que venía de una institución que ya todos conocíamos y demeritábamos (e incluso repudiábamos), pero que parecía ajeno a los principios y acciones de esos que lo antecedieron. Así pues, con un reporte especial en el espacio noticioso de Jacobo Zabludovsky, Talina Fernández, quien se encontraba en la sala de espera de un quirófano del Hospital General de Tijuana, con voz entrecortada y con una mala calidad del enlace telefónico anunciaba: “… no de manera oficial, no han salido a dar ningún comunicado, pero un médico que pasó, le pregunté y me dijo que había muerto, que Luis Donaldo Colosio se nos fue…”

Pero en realidad ese no fue el reporte oficial, el candidato presidencial, en efecto, sí sufrió un paro cardio respiratorio secundario debido a las lesiones que sufrió por los proyectiles impactados contra sus huesos y órganos vitales, pero gracias a la tecnología de “punta” con la que contaba el Hospital General de Tijuana, los médicos lograron resucitarlo y oficialmente estuvo muerto sólo por 5 min.

Su recuperación fue larga porque posterior a su intervención quirúrgica, permaneció en coma inducido debido a la inflamación del tejido cerebral, proceso que llevó cerca de 3 semanas. Todos respaldaban al candidato, miles de muestras de cariño llenaban el cuarto privado del hospital al que fue trasladado una vez estabilizado en el homólogo de Tijuana. Montones de personas se “plantaban” fuera del hospital, tan cerca como el vasto operativo de seguridad que resguardaba a tan preciado paciente lo permitía. Le expresaban su apoyo, su amor, sus esperanzas de pronta recuperación; le repetían su agenda de campaña, en fin, hacían todo lo que las personas creían que lo haría reaccionar.

Lo que nadie se esperó fue el resultado que se obtuvo una vez que hubo despertado del letargo (aunque algunos apostaban a que no lo haría), las impresiones fueron varias, porque se tenían grandes expectativas, muchas interrogantes, preguntas que tal vez nadie se había hecho, no durante las semanas de crisis, durante el atentado, en la operación; ¿qué sería del candidato ahora que despertó?, ¿tendría capacidades cerebrales superiores completas?, ¿podría seguir con su carrera política?.

Cierto es que si bien él no murió con los dos disparos recibidos, el proselitismo si lo había hecho, por dos razones: la primera porque la contienda electoral no se detuvo y, como era de esperarse, hubo un sucesor que alimentado por el “furor” de la conmoción política nacional arraigada al suceso, tuvo un “inicio adelantado” y con ventaja sobre sus contendientes que poco pudieron hacer ante el “estandarte” de un héroe caído pero no muerto, quien servía de “leña” para el “fuego electoral”. La segunda razón del deceso político del “candidato” fue que la bala que se impactó en el cerebro de aquel desafortunado hombre, –víctima de un complot concertado por sus mismos compañeros de partido, acorde con la versión popular de los hechos- tuvo a mal alojarse en una fundamental aunque pequeña parte de la denominada “materia gris”, el hipocampo. Esta pequeña sección alojada dentro del lóbulo temporal tiene responsabilidad sobre las funciones de memoria, y al ser dañada ocasionó que nuestro “candidato” sufriera de una amnesia tanto anterógrada como retrógrada, es decir, los recuerdos albergados en su cerebro no tenían un orden claro y siempre estaban cambiando o no se encontraban “accesibles”. Lo anterior se asemeja a cuando en una computadora buscas un archivo y te aparece una leyenda que dice: “Windows no puede encontrar el archivo”. Por otro lado, la característica calificada como anterógrada no permitía que “guardara” nuevos recuerdos o que los formara, por lo que estas dos características juntas redujeron a esta prometedora persona a un “muerto viviente” que deambulaba por la casa de su natal Magdalena de Kino, Sonora, como un vago recuerdo.

Irónicamente, los simpatizantes y los “amigos” que lo habían apoyado en aquellos días de gloria, también lo olvidaron anterógrada y retrógradamente, desvaneciéndolo poco a poco para reducirlo a eso, un vago recuerdo.

No hubo estatuas ni monumentos, conmemoraciones de su natalicio o ceremonias luctuosas, no hubo mártir, sólo hubo un desgraciado desahuciado que murió en el olvido o que, no sé, tal vez hasta siga vivo.

-“Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.”-                                      

L.D. Colosio

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