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El castillo estaba perfectamente decorado para la ocasión. Luces por dentro y por fuera, banderas con el escudo de armas del rey, una gran alfombra roja que recibía a los invitados de la boda real.

Los carruajes llegaron, los invitados con sus mejores galas se presentaron. La gran celebración comenzó.

Música, comida y bebida para todos había.

Los fuegos artificiales comenzaron: luces por aquí y estallidos por allá, decoraban el ya estrellado cielo.

El príncipe y la nueva princesa bailaron toda la noche, en su rostro se notaba la felicidad que todos (o casi todos) deseaban fuera para siempre.

La fiesta terminó. El castillo empezó a quedarse solo. A las puertas del jardín que da acceso al castillo se ven tres figuras andando cabizbajas, tres vestidos regresando a casa, tres mujeres con la cabeza gacha.

En una de las ventanas los príncipes ven a todos partir finalmente. Se toman de la mano. Se miran fijamente, sonríen. Un largo beso apasionado.

Cruzan el salón donde fue el baile, suben las escaleras hacia su dormitorio. Él la toma entre sus brazos poco antes de cruzar el umbral de la habitación. Ella recarga su cabeza en sus hombros. La lleva al pie de la cama. Se detiene y ahí la deja, suavemente, sobre la alfombra de fina lana.

Se quedan abrazados mirándose profundamente. El príncipe mete la mano dentro del cabello dorado de su princesa, toma su nuca. Acerca sus labios a los de ella y se funden en un largo beso lleno de pasión. Lleno de deseo.

Durante ese beso, el cierre del vestido de la princesa se va abriendo, poco a poco, a manos del príncipe. Cuando el cierre ya no baja más, la princesa se aparta unos centímetros y simplemente deja caer su vestido. Inmediatamente una risa tímida sale de ella al notar la mirada penetrante que la observa. Un leve rubor aparece en sus mejillas. Un desconocido calor hormiguea por su cuerpo.

Lentamente, las manos de la princesa desabrochan los dorados botones del uniforme de gala. Al terminar con los botones y sin esperar más, empieza a pelear con el cinturón. Fácilmente desabrocha el botón y después de un leve forcejeo con el cierre, el cual provoca risas nerviosas, la ropa del príncipe está también en suelo.

Ahora la realeza sólo se distingue por la decoración de la habitación.

Esos mismos cuerpos desnudos que se te tocan, que se besan, ese mismo sudor producto del deseo, podría ser de quien acaba de despertar después de un profundo beso, de quien cubre los rasguños de su espalda con una capa roja o de para quien el deseo es más grande que la belleza de su pareja.

El príncipe vuelve a tomar entre sus brazos a la princesa. Ella, entre sus piernas.

De esta manera se tienden en las blancas sábanas de seda.

Los fuegos artificiales aparecen de nuevo, pero ya no fuera del castillo. Sensaciones de luces por aquí y estallidos por allá encuentran a los ya excitados cuerpos.

El príncipe suelta un pequeño quejido al sentir un fuerte rasguño en la base de la espalda, ella al darse cuenta, finalmente se quita las zapatillas que de cristal estaban hechas.

No sabemos si fueron felices para siempre.

Pero esta noche, al menos, sí tuvo un final feliz.

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