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Cerré el libro. Era la tercera vez que leía el capítulo referente a mi. Era tan diferente a lo vivido, que me era casi imposible reconocerme en las palabras allí escritas. Y casi, porque los datos básicos coinciden; nombre, edad, fecha de nacimiento… Pero otros, los verdaderamente importantes, como el lugar de nacimiento, nombre de mis padres, hermanas, Casa a la que pertenezco … Nada de eso aparece.

También cerré los ojos. Sentí cómo algo se quebraba dentro del pecho. Creo que es el corazón, pero era tan joven cuando todo esto inició, que me fue imposible saber si así se siente.

Recordé con cierta ternura el inicio de todo esto. Era una mujer muy joven -15 años – inquieta, curiosa, impetuosa, dispuesta a comerme al mundo a puños y a pasar por sobre cualquiera que se atreviera a evitarlo. Al mismo tiempo, era apenas una niña, que aún jugaba con muñecas, gustaba de que mi abuela peinara mi hermosa cabellera y creía en la felicidad y el amor eterno.

“¡Maá!” Sonrío. Simplemente amo a mis hijos. Escucho pasos contundentes por el pasillo, seguidos de otros mucho más suaves.

“Hola madre”

– André ¿cómo estás, amor? Él, tan grande, hermoso, inteligente y fuerte como su padre.

“Mami” Ahí está ella. Mi dulce niña. La razón por la cual todo sigue hasta hoy.

– Dime, mi niña, digo mientras acaricio su rostro y su hermosa melena. No conocí a mi madre; murió por darme la vida. Pero sé que su piel y su cabello son como los de Sigrid, mi hermosa, mi bella victoria.

“Mami, cuéntame de nuevo del palacio del abuelo, de mis tías, de tu madre ¿si?”

Sentí una punzada en el pecho, y agujas en los ojos. Cada vez que cuento esa historia, mi corazón se hace pequeño. Sólo regresa a su tamaño por el grandísimo amor que tengo a mis hijos.

– Claro, bella. Y de nuevo le cuento del hermoso palacio de coral, rodeado de miles de plantas que parece que vuelan, aunque en realidad flotan; del sol que se ve pequeño y no calienta de lo lejos que está y de la luna, que parece perla desde la ventana de la que era mi habitación y seguramente, sería su habitación de vivir en mi reino. Describo los hermosos peces que nadan en libertad absoluta, igual que lo hacía yo, hasta aquel día que cumplí 15 años. El mismo día que su padre cumplió 16. El mismo día que lo conocí y, por un mal llamado amor, acepté dejar mi hogar, mi familia, mi vida, mi voz y mi Espíritu por aquel que dijo amarme.

“Madre, ya no le cuentes esa historia a Sigrid, piensa que es verdad y ya está grande para creer en esos cuentos de hadas. Estaba genial cuando era pequeña, pero es ya una mujer joven. Debe saber la diferencia entre la realidad y la imaginación.”

Sonreí con cierta amargura. ¿Cuándo fue que André, al que engendré, parí, amamante y cuidé, dejó de creer en mí, en mi historia, en mi vida antes de su padre?

Así fue como me decidí.

Esa noche en la cena les dije cuánto los amaba, lo que representaban en mi vida, lo que sentía al verlos y abrazarlos… Y que mi Espíritu estaba muriendo. Al principio, ellos creyeron que era por la ausencia de su padre, pero no, no es eso. Me llevó un buen rato explicarles que se debe a lejanía de mi hogar de origen, al sol tan pequeño que parece apenas un punto, de la luna que se ve desde mi ventana…

– ¿Nunca se preguntaron por qué era siempre su padre el que entraba al mar con ustedes? ¿Por qué la mezcla de alegría y tristeza en mis ojos al verlos nadar? Vamos a la playa, se los mostraré.

“Madre, es casi medianoche” André siempre tan pragmático.

– No importa, estaremos seguros.

Sigrid estaba tan callada… Ahora sé que era la única que entendía. “Vamos, madre”, dijo.

Arena suave bajo mis pies. Olor a sal mezclado con humedad. Las olas susurrando “Te hemos extrañado”. Entonces, miré a mis hijos. André, pálido como la luna llena que nos ilumina. Sigrid, expectante.

Dejo caer los lujosos vestidos que cubren mi cuerpo. Me acerco al mar. Y entonces, todo comienza.

La primera ola tocó mi piel. Siento cómo la vida llega de nuevo a mí. Conforme me interno en el mar, comienza la metamorfosis. Mis piernas ya no son dos, se unen. La suavidad de mi piel cambia por la brillantez de las hermosas escamas que ahora son parte de mi.

“Madre” Escucho la voz desesperada de mi André, pálido como espuma de mar. “Madre ¿Qué haces?” Busco a Sigrid. Está inmóvil, sin saber si reír o llorar. Comienza a caminar hacia mi. Aún vestida, sé lo que sucede con su cuerpo. Ahora, ella también sonríe. Aunque nunca dudó, ahora tiene la certeza. Su cola es tan bella…

André sigue de una pieza en la playa. Le sonrío. Intento animarlo, pero su pragmatismo le impide unirse a nosotras. Tomo a Sigrid de la mano, mirando sus hermosos ojos, que brillan como estrellas.

-¿Confías en mí, mi niña? “Siempre, madre.” Miré de nuevo a mi hijo.

– ¡Te veremos pronto, hijo! ¡te amo! Y emprendimos camino a mi hogar, a mi reino, a mi familia.

Sentí tristeza por su angustia, por su falta de confianza en mi. Pero sé que es temporal. Sé que el día que crea, podrá nadar junto a nosotras y conocer, por fin, la historia completa de su linaje y el reino submarino de su madre.

Un pensamiento en “Yo, 20 años después, o lo que el tiempo se llevó por Per Se

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