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Todos tenemos en nuestro closet un muerto escondido, por lo menos uno. Hay quien incluso lo saca de vez en cuando y lo pasea por las narices de los demás. Tal es su forma de dejar huella por el mundo, huella olorosa, pero huella al fin.

Violeta no era la excepción a esta regla, mucho menos después de lo que ocurrió la noche anterior a ésta, cuando sintió que algo subía por su garganta y trepaba por su paladar intentando encontrar la luz. Si te guardas un secreto, a la larga va a querer salir por tu boca. Si persistes en mantenerlo dentro se convertirá en una araña que no dejará de morderte hasta que la dejes en libertad. A Violeta le pasó eso, no la dejó salir y tuvo que atragantarse con su propia sangre. Rejega y testaruda como era, prefirió el sabor dulzón de sus mejillas internas a dejar en libertad a esa alimaña. Lo logró ya bien entrada la noche, casi de madrugada, a la hora en que la señora de la tienda de la esquina dice que se aparecen las ánimas en pena. Ya no pudo dormir, no supo si de cansancio o de hastío de saber que la escena se repetiría una y otra vez, noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes. Certeza solo equiparable con la de la muerte que a pesar de su absolutidad, mantiene rendijas abiertas a las tres de la mañana.

De todas formas, Violeta no quería dormir. La vida se le había ido en tristezas y en dormir. ¿De dónde sale el dolor que ataca de noche el alma que sólo ha pedido descansar? ¿Por qué esa laceración en su interior se abría nuevamente cuando ya la pensaba curada? Eso era peor que la araña en la garganta. Y aún a pesar de su desgracia, en lo más recóndito de su ser, había un puntito de luz cegadora a la que se aferraba, pues producía un dolor menor al que normalmente padecía.

Todos estamos formados, pero para Violeta la fila se había vuelto interminable. La muerte nada más no terminaba por llegar. Desde chica veía sombras de reojo, cada día más frecuentes, cada día más numerosas. “Esta niña nació embrujada”, aseguraba la vecina del tres, a quien iban a buscar todos los de la colonia que porque era curandera y podía hablar con seres del más allá. Violeta estaba segura que esa mujer de corazón de piedra era quien le había puesto la primer araña en la garganta, cuando se dio cuenta que la pequeña niña sabía de los engaños que utilizaba para sacarle dinero a las personas que le tenían fe. Le costó mucho trabajo quitarse esa araña primigenia. Sucedió cuando le contó al sacerdote de la colonia sobre lo que había visto y escuchado. El clérigo, armado con siete vecinos y un palo, linchó a la vieja. Justo en el último suspiro de la supuesta bruja, una espantosa araña negra, de piel lisita y brillante, salió de la boca de Violeta. En ese momento aprendió que la siguiente vez que guardara un secreto una araña subiría por su garganta y si quisiera deshacerse de ella, alguien tendría que morir.

Vivía procurando nunca más repetir esa experiencia, pero la vida constantemente nos pone a prueba en lo que más tememos; quién quita y algo logremos aprender. Violeta aprendió que a pesar de que habían pasado tantos años desde la primer araña, junto con tantos otros de echarse a todos encima por decir verdades y otros tantos de vivir en completa soledad por que sus amistades nunca entendieron que para ella era imposible guardar un secreto, la historia se puede repetir en un segundo. Las decisiones sólo toman un instante en el que todo cambia y no hay vuelta atrás.

Esta vez decidió vivir con su dolor. La muerte que no llegaba y el dolor que era insoportable. Cada quien trae sus ideas sobre por qué castigarse a sí mismo. Violeta había decidido purgar de esa forma su vida, pues pensaba que la muerte no llegaba por no haber sufrido lo suficiente. Se encerró en su casa y se acostó en su catre a esperar. Esperó. Esperó. Más arañas en la garganta. Volvió a esperar. Tampoco es que pudiera hacer mucho más, no contaba con alguien a quién decirle. Esperó.

Nadie la extrañó. Ni la muerte, que jamás llegó.

3 pensamientos en “Arañas en la Garganta por Marysol Morán

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