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Dos días después, 19:39 horas.

Sonó el timbre, dudó en contestar, llevaba casi dos días sin salir de su apartamento ni contestar el teléfono. Finalmente se decidió y abrió la puerta. Se quedaron mirando ahí mismo, no le invitó a entrar, platicaron unos minutos; él le comentó su preocupación por tal encierro y le hizo notar su extrema palidez, ella le restó importancia y tras un momento lo despidió, esquiva, apresurada, muy apresurada.

Agosto 18, 1990, de madrugada.

Sí, había leído a todos los maestros del terror que encontró. Con ellos encontró el miedo, pero no un temor normal, sino un pavor que, como el frío húmedo, se mete en los huesos y no hay cobija que lo quite; de los que no te deja salir de las cobijas y abrir la puerta de la habitación para no encontrarte con un algo tan desconocido como paralizante.

Pasaron años en los que no volvió a leerlos ni a pensar en ellos, sin embargo al apagar las luces por las noches, siempre le quedaba una inquietud, un desasosiego que sólo pasaba cuando el sueño la vencía. Incluso en ocasiones, se despertaba sobresaltada durante la madrugada, sudando sin motivo; raras veces creía recordar voces entre penumbras; esos días prefería levantarse y ocuparse en algún pendiente de la casa hasta que amanecía.

La vida con su pareja, con sus compañeros del Ministerio de Cultura y las pocas veces que se reunía con su familia, le parecía buena, divertida; solía cantar, bromear y ella misma decía cuando había de describirse, ser de risa fácil. Y así lo fue al menos hasta ese día…

Esa madrugada su descanso se interrumpió abruptamente; a diferencia de lo que solía suceder, recordaba cada fragmento del sueño así como las voces, los diálogos. Desconocía el idioma en el que hablaban, pero de alguna manera entendía cada palabra y era justo eso lo que la despertó. Una de las voces le hablaba a ella, Lucía, le explicaba, o mejor dicho, le daba instrucciones.

Encendió la luz y buscó algo de ropa, la acomodó en la cama y caminó para abrir la ducha. Dudó un momento antes de meterse bajo el agua, la temperatura la sorprendió, eran exactamente treinta y siete grados aunque eso ella no lo sabía. Además, por algún motivo la sentía diferente, más pesada, densa; como sangre –pensó-. La idea le incomodó, la negó, sin embargo se apresuró a salir, la toalla parecía no absorber la humedad, mas se notaba seca ya.

Se vistió, se calzó unas botas negras y miró el reloj despertador sobre la mesa de noche; la fecha era clara, pero la hora parpadeaba erráticamente. Tomó su bolso y salió. No le importó que aún estuviera oscuro ni que el aire le cortara la nariz y las orejas y caminó hasta alcanzar la orilla del bosque. Se adentró y junto a un árbol centenario, sentada durmió. Cuando despertó aún no clareaba, mas percibía que no tardaría en hacerlo. De nuevo recordaba lo que había soñado, pero ahora con una claridad que la desconcertaba.

Del árbol mismo había surgido una de las voces, la que le hablaba a ella, la misma que la despertó temprano. Era una voz de color oscuro; no era el árbol aunque salía de dentro de él, por las vetas del tronco y por las ramas más gruesas. Ella la escuchaba con los oídos, con el pelo y con los dedos; lo entendía en su cabeza, en las venas y ese entendimiento la recorría y le ardía.

Caminó hasta la biblioteca pública y esperó sentada en una banca a que abrieran. Buscaba sin saber específicamente qué hasta que dio con dos libros, el primero, Literatura en los Siglos XVIII al XX, edición de la Universidad de Massachussets y el segundo, el Necronomicón, el libro maldito, en una gastada edición de gruesa pasta negra con un grabado en la portada. Con ambos tomos volvió a su apartamento apresuradamente.

No paró hasta que terminó el primero. En él encontró algunos cosas que le parecieron perturbadoras, entre otras, que H.P. Lovecraft cumpliría cien años. Otra, la que más le inquietó, era la teoría de que tanto él, como otros escritores -Poe, Bierce, Lovecraft mismo, Derleth, Hawthorne, King y otros- eran en realidad sacerdotes de un culto que se remontaba a tiempos inmemoriales y que en el centenario que estaba por llegar, tendría lugar una celebración en la que oscuros seres llegarían a refundar la ancestral R’lyeh, la ciudad sumergida de los desterrados de la humanidad y la no humanidad.

Para cuando comenzó a leer el Necronomicón ya comer era algo secundario, devoraba páginas y conjuros que incluso en los pocos momentos de sueño recordaba. En casi dos días las ojeras se le habían marcado, la mirada era extraña, inquieta y su cuerpo se movía nervioso. Eran las 7:39 de la noche cuando el timbre sonó, cuatro minutos después volvió al libro. Una ansiedad la recorría, la sensación de que no debía hacérsele tarde. ¿Para qué? No lo sabía, pero tenía esa certeza.

Tomó un abrigo y salió de nuevo al bosque, se internó en él y sin pensarlo llegó al mismo árbol de hace dos días. Un momento después comenzó a escuchar ruidos que no podía identificar y en medio de ellos lo descubrió frente a ella. Un frío indescriptible la recorrió; en ese segundo pensó en toda su gente y la sangre pareció abandonar su cuerpo. La oscuridad se deslizó por cada árbol, cada hoja, cada planta hasta la base de sus pies. Lo miró a los ojos, vio un negro abismo en ellos y a pesar de entender que le resultaría imposible volver, se sumergió en él.

Aire, fuego, tierra y agua se hicieron uno. El final comenzó.

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