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Dani sabe que hay algo debajo de la cama. A veces no lo deja dormir bien y otras suele ser amigable.

Todo empezó con unos pequeños sonidos parecidos a una exhalación o unos leves arañazos que sonaban en la habitación cuando la casa se encontraba en silencio. Al principio sólo llamaba su atención, pero al poco tiempo se convirtió en algo que hacía que su imaginación viajara a una distancia cada vez mayor y a terrenos no conocidos.

Ese ser que vive bajo la cama es discreto y mayormente silencioso. Algunas veces hace el sonido del viento sin llegar a ser un silbido, pero es tan bajo que se convierte en un arrullo para el pequeño.

Alfred llega casi siempre haciendo ruidos y sonidos chistosos cuando Dani está aburrido y platican de la escuela, de la niña que le gusta y de las vacaciones que tanto se tardan en llegar. Ellos hablan del regreso de los dinosaurios y de la posibilidad de una invasión de ovnis.

Después de un tiempo, Dani le cuenta a Alfred de ese ser misterioso que vive bajo la cama pero que no le causa miedo como a cualquier persona, porque él es muy valiente. Sí, uno debe ser valiente y defender su casa de cualquiera que intente atacarla por cualquier frente.

– ¿Por qué no me habías contado eso, Dani?- Pregunta Alfred.

– No quería asustarte.- Replicó el pequeño que próximamente cumpliría 7 años y ya no sería un niño, sino todo un hombre que podría luchar contra el mundo. – No te preocupes, Alfred. Yo te cuidaré de cualquier cosa- El gran Dani tenía todo bajo control.

El tiempo pasó y el sonido seguía intermitente bajo la cama. Ahora ya era un ruido lúgubre acompañado de una ronca voz que apenas podía escuchar, lo que provocaba que él temblara de miedo por las noches hasta entrar en un mundo de pesadillas donde los seres con formas extrañas peleaban en un reino parecido al de los libros de aventuras que Dani tenía en el librero junto a sus juguetes de Superman y Batman, que era el mejor de todos.

A Dani le costaba cada vez más poder dormir por la presencia debajo de su cama, lugar al que pocas veces se atrevía a asomarse y cuando lo hacía no veía nada porque seguía con los ojos bien cerrados.

El mejor amigo de Dani era Bruno, quien de vez en cuando jugaba con él y lo visitaba en su habitación donde había, además de tantos juguetes, una gran televisión a color donde veían caricaturas o películas de momias, hombres lobo o vampiros.

Cuando Dani le contó a Bruno del monstruo bajo la cama, él no creyó esa historia, pero aún así ambos decidieron echar un vistazo al misterioso lugar. Ahí no había más que juguetes, calcetines y polvo que se había acumulado con el tiempo.

-Aquí no hay nada, amigo.- Dijo Bruno al quitar la vista del sucio lugar y le dio el mejor consejo que Dani pudo recibir. –Deja de creer en cosas que no existen.- Bruno era más sabio por ser unos meses mayor que Dani.

Dani flotaba en el reino de aventuras donde había castillos y dragones cuando de pronto aparece Alfred alterado. –Huye, Dani. Ya no hay más tiempo. Ten cuidado.- Dani corre cargado de esa sensación fría de pánico. Antes podía ir a cualquier parte, ahora era diferente. No había lugar donde pudiera estar a salvo y sabía que el reino de los castillos ya no sería igual de genial. Por una fracción de segundo voltea y observa a Carlos, ese ser terrorífico que lo seguía.

Dani despertó en su habitación gélida y apenas pudo volver a tranquilizarse al ponerse calcetines, suéter y la chamarra de su equipo favorito de béisbol. No quería volver a dormir nunca más. Sabía que Carlos, como él lo había nombrado, estaba ahí, de día o de noche. Alfred no volvió a aparecer.

Dani no dormía, no comía y seguía siendo ese niño introvertido que no hablaba casi con nadie, a no ser que fuera totalmente necesario. Bruno lo visitaba algunas veces y sabía que algo iba mal. Estaba preocupado por su amigo, el de los juguetes y los sueños raros.

El verano se disipó haciendo que los árboles perdieran sus hojas, la nieve cubrió las calles, se convirtió en agua y el sol salió tornándose en una templada primavera. Dani ya no soñaba, o no recordaba lo que soñaba. Nada. Barras verticales de colores era lo que amueblaba su mente sus ojos habían perdido su brillo y dejaron de ser normales. Igual que él.

Bruno y Dani siguieron siendo amigos. Alfred se fue para siempre. Carlos ya casi no hacía ruido, pero las noches eran heladas como congelador. Las cosas no habían vuelto a la normalidad porque nunca fueron normales. Así lo decidió Dani.

Los recuerdos ya no son tan claros pero las cicatrices en la mente y la piel seguirán ahí después de una temporada en el infierno donde Dani sólo quería soñar con seres en un mundo de aventuras.

Dani lo sabía y eso no lo dejaba dormir.

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