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18:56 hrs

No veo nada. Este lugar está tan obscuro que no alcanzó a distinguir si es que la luz está completamente apagada o me he quedado ciego. Levanto el brazo derecho y me tallo los ojos, primero uno, después el otro y luego tallo ambos con pulgar e índice; ni el espacio ni mi fuerza dan para levantar ambos brazos.

De todas mis depresiones, esta debe ser la más profunda. He tenido algunas en las que me da por dormir por días, por no abrir las cortinas, no tocar la regadera y no querer hablar con nadie, pero esta se siente diferente; esta vez no es sólo que no quiera, no puedo moverme.

Me falta el aire. Mi amigo Roberto me aconsejó una vez que cuando tuviera esa sensación pensara en las cosas buenas de la vida: en una copa de tinto, en el mar tocando mis pies, en mi canción favorita “Close your eyes and I kiss you, tomorrow I’ll miss you…” No está funcionando.

Escucho ruidos a lo lejos, muy lejos. No sé si estoy alucinando, pero no puedo respirar.

Otra vez desperté súbitamente de ese sueño en donde me enterraban vivo. Cada vez que sucede, abro los ojos y me descubro empapado en sudor. Las sábanas están enredadas entre mis piernas, seguro la ansiedad me hizo mover de un lado a otro. Camino aletargado hacia el baño.

Cada vez que tengo ese sueño recurrente valoro cada instante posterior, el sonido del agua al caer de la regadera, su temperatura cuando toca mi piel, esa sensación que da pasar el jabón por el cuerpo mientras queda un leve perfume en el aire. Sí. Estoy vivo. Salgo a la calle repitiéndomelo una y otra vez. Respiro aliviado. Respiro acompasadamente. Es martes y hay que ir a trabajar.

Al llegar a la oficina todo se vuelve rutina. Me siento en mi escritorio; me cagan los open spaces que promueven hoy en día las empresas. Preferiría estar solo en una oficina de 3×3 pero con puerta, con persianas que pudieran cerrarse. Aunque no sé ni por qué me preocupo, de todas manera parece que aquí soy invisible. El jefe pasa y avienta un folder a mi escritorio sin siquiera darme los buenos días. La secretaria guapa camina frente a mí como todas las mañanas y no me mira ni de reojo. Creo que hay mujeres a las que les gusta ser vistas pero nunca miran a nadie. Creo que últimamente a mí nadie me mira.

Seis horas llevo ya sentado aquí y el teléfono, a diferencia de otros días, no suena. No hay correos, no hay nada que hacer y quisiera volver a casa, comer cualquier cosa y tirarme en el sillón a ver algún partido de futbol. Tengo las manos entumidas y otra vez acabo de descubrir un par de fuertes arañazos en el brazo izquierdo. Esta vez hay sangre. Toco uno de ellos y quiero aullar de dolor pero no puedo. Parece más bien una cortada profunda. Qué raro.

El día ha pasado rápidamente, hasta siento que han pasado sólo minutos desde que llegué a la oficina, pero ya son las 6 de la tarde. Hora de ir a casa. Cruzo la calle y creo ver a una mujer parecida a mi madre junto a la parada de autobús. Si no supiera que murió hace 4 años, hubiera jurado que era ella. Qué raro. Le he hecho la parada a tres autobuses y los tres cabrones se siguieron de largo. Ni modo, supongo que tendré que caminar a casa. Comienza a obscurecer.

Últimamente me da miedo que llegue la noche. He procurado aumentar mi rutina de ejercicios, ceno ligero, leo un poco y hasta tomo tés de hierbas para intentar conciliar un sueño tranquilo. Al principio lo logro, pero al cabo de un rato…

Y es que ya van dos noches seguidas que sueño lo mismo. Ya van dos noches que puedo tocar el ataúd con mis manos, con mis pies. Intento concentrarme en otra cosa y toco mi ropa. Reconozco el saco de gamuza. No mamen, si estoy muerto no entiendo por qué me enterraron con él, es el más culero que tengo. En el punto máximo de la desesperación, cuando de verdad me estoy acabando la microreserva de oxígeno y comienzo a entrar en verdadero pánico, intento gritar. Qué pendejo, ¿quién me escucharía si estuviera tantos metros bajo tierra? pero igual grito y grito fuerte. Nada.

“Close your eyes and I kiss you, tomorrow I’ll miss you…”

18. 59 hrs.

Puta madre, ya que suene el despertador. Sé que estoy soñando. Las pesadillas tienen esa ventaja, hay una parte inconsciente que te dice “esto está de la fregada pero pronto va a acabar; estás soñando”. Estoy sudando muchísimo, siento las gotas escurrir por mi sien pero sé que estoy cerca de despertar e intento concentrarme en el sonido que hace el agua al caer de la regadera, pronto estaré en ella. Ya estuvo. Este sueño ya duró mucho. Ya estuvo. Intento abrir los ojos. No veo nada. Seguro sigo muy dormido. Normalmente despierto justo cuando siento que de verdad ya no puedo respirar. Normalmente no siento que me va a estallar el corazón, normalmente tengo este sueño en mi cama, no dentro de esta caja.

Una persona que es enterrada viva tarda entre 2 y 4 minutos en morir. Durante ese lapso y antes de la asfixia total, puede sufrir diversas alucinaciones…

2 pensamientos en “Dos minutos por Verónica Gonsenheim

  1. Veroooo qué miedo!!! y que impresión!!! Qué bueno que en la actualidad te ponen un piquetito letal en las funerarias para evitar esto buuuuu de horror!!!

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