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Llevo muchos años compartiendo la casa y la vida con mi tía, Clotilde, y mi prima, Esther. Las dos son mujeres respetables, dignas de admiración. Mi tía, a pesar de su avanzada edad, siempre tiene la casa en perfecto orden y limpieza, cada vez que ve algo fuera de orden reza con devoción para sus adentros: “Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”, e inmediatamente, se da a la tarea de recoger todo, aunque sea una sola pluma fuera de su lugar. Es por eso que aquel día me asusté tanto.

            Mi tía había salido al tianguis a comprar unas gorditas de chicharrón en el puesto de doña Licha, cuando llegué a casa y vi lo que vi. Al abrir la puerta de la entrada principal encontré todos mis zapatos formados como si dibujaran un camino de huellas hacia mi recámara. Lo primero que pensé es que mi tía me había preparado una sorpresa o que Angélica había regresado de Canadá y había colocado los zapatos de esa forma para guiarme hacia donde se encontraba escondida y darme un gran susto como era su costumbre. Cuál fue mi sorpresa, cuando al llegar al final del camino vi el cuerpo destrozado de una enorme rata, parecía que el vientre le había estallado dejando a la vista todas sus vísceras; los filosos dientes se asomaban dándole un aspecto terrorífico y la cola larga y sin pelo señalaba un versículo de la Biblia que estaba tirada junto al cadáver de este asqueroso animal. No lo pensé y salí corriendo en busca de mi tía.

            El carácter recio formado a través de los años y las asperezas de la vida hicieron que mi tía tomara por la cola a la rata, la tirara en el bote y ordenara los zapatos, eso sí, sin dejar de rezar su acostumbrada letanía.

            No pasaron muchos días para que fuera víctima una vez más de tan terroríficas situaciones. Una noche de juerga, con algunos alcoholes extra en la sangre, al llegar a casa vi a través de la ventana la luz de una vela, me pareció extraño porque mi tía era muy cuidadosa, sin embargo no le di mucha importancia, ya que con frecuencia se iba la luz en la colonia. Saqué la llave del bolsillo del pantalón y al introducirla en la cerradura, la puerta se abrió. El mareo que me provocaban las copas de más que había bebido me impedían pensar con claridad, no entendía bien a bien si la puerta ya estaba abierta o la había abierto yo. Entré a la casa, todo me daba vueltas, en medio de aquella confusión me dirigí hacia la vela. Entonces vi que aquella flama alumbraba la daga que se clavaba en uno de los versículos del libro de Esther que se encuentra en la Biblia. Junto a la Biblia estaban los trozos de una fotografía de mi prima, inexplicablemente la foto tenía lo que creí que era tinta roja, después supe que había sido sangre.

            Con sangre en las manos corrí hacia la habitación de mi tía. Al entrar en su cuarto la vi tan plácidamente dormida que no quise despertarla. Me fui a mi habitación, cerré con llave y atranqué la puerta con la cajonera. Me metí entre las sábanas de mi cama y empecé a rezar. El viento se filtraba por la ventana produciendo un sonido que semejaba el grito de una mujer. Recé con tal frenesí que incluso mi cuerpo temblaba. El sonido del timbre del teléfono me hizo saltar.

            Levanté la bocina, con voz trémula pregunté quién llamaba. Era la voz de un hombre que hablaba en francés, y pronunciaba una y otra vez mi nombre y el de Esther. Le dije en un inglés bastante insípido que no entendía lo que me decía. El hombre empezó a hablar en inglés y entre una sílaba y otra me anunció la muerte inesperada de mi prima. Me dijo que había muerto acuchillada en un callejón de un barrio bajo, que el rostro estaba prácticamente desfigurado, ya que las ratas se lo habían estado comiendo. Solté la bocina. Corrí hacia la habitación de mi tía.

            Cuando entré en su cuarto la vi sentada en la cama, con la mirada fija en el vacío. Me acerqué, la tomé de la mano y cuando intenté contarle lo sucedido, me dijo con una voz dulce y tranquilizadora: Lo sé todo. Esther vino a contarme su muerte. También me dijo que intentó hablar contigo. Que la perdones por la forma en la que tuvo que contarte los hechos.

            Nos abrazamos y lloramos durante toda la noche el vacío que nos había dejado aquella ausencia inesperada.

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