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Hijo mío:

Cuando leas esto el mundo habrá cambiado de tal forma que parecerá irreconocible. Es una ilusión, nada ha cambiado allá, tú, en cambio, sí. Pasará un tiempo para que comprendas lo que quiero decir y más para que lo creas cierto, pero lo que he de contarte ahora no requiere de tu comprensión ni de tu fe para ser verdad. Para cuando nos encontremos – eventualmente nos encontraremos – ni la fe ni la verdad te serán necesarias. Yo seré tu espejo y tú mi sombra. Ha llegado el momento.

Lo primero que debes saber es que no has muerto. Ignoro quién descubrió que el lapso en el que ocurre la transformación hasta nuestra verdadera forma es en cierta forma infinito, como un puente cuyo término no puede verse. Muchos, antes que nosotros, caminaron por él, intentaron resistir pensando que habría otra orilla, un lugar a donde ir, todos descubrieron que la única manera de abandonar el puente es abrazar el vacío. El primer propósito de esta carta es prevenirte de la intolerable agonía de la esperanza, ensayar la caída. Con todo, en mi experiencia y la de otros que son como nosotros, esa renuncia no puede programarse, pero llega.

Así como los que dejaste atrás serán mordidos por el deseo de volverte a ver, por lo menos una vez más, desearás tu también encontrar la manera. Para nosotros y los que son como nosotros la vida es el dolor del amputado. Cuando dejes de desear la vida anhelarás con la misma intensidad encontrar la muerte. Esa búsqueda será igualmente vana pero no inocua.

Hay otras cartas como esta. Intentos de expiación, confesiones teñidas por arrepentimientos imposibles e inútiles, pues quiero pensar que no hay pecado en asumir nuestro destino. Antes de que este lugar existiera, la búsqueda de la muerte fue el horror de muchos. Tal vez sientas, como yo, que al leerlas te ahogas en tu propia sangre, desearás que así fuera. El mal que nos habita busca forma, la encontrará. Otros antes que tú y que yo, sintieron ira ante este hecho inevitable, buscando la forma de morir mataron, para aliviar el dolor lo infligieron, con los restos de su carne intentaron abominables formas de hacer propia la carne de otros. Por generaciones el demonio que nos signa estuvo suelto.

No hay paz en la lectura de esas cartas, pero todo lo que en ellas se cuenta, lo más ominoso y cruel, no es otra cosa que tu destino. Sé, por lo que he leído, que durante el proceso hasta adquirir nuestra nueva forma, el pasado no deja de cazarnos, que dejar de ser es un martirio. Por eso existe este lugar. Si has procreado, aquí vendrá también tu descendencia, imposible advertirles, las cartas llegarán a ellos como llegó esta hasta ti solo tras abandonar el otro sitio. El dios que nos maldijo dejó abierta esta rendija.

Ignoro si después habrá memoria de lo que fuimos o si el último suplicio al que hemos sido destinados es vivir bajo el peso del sentido. La tiniebla ya inunda mis ojos. No me resistiré más a su dominio.

Quédate aquí. Solo ahora, en el estertor de tu precaria humanidad, puedes decidirlo. Los gritos de agonía que ahora escuchas lejos serán pronto los tuyos. La semilla del mal germina lentamente pero es fatal en su cumplimiento; el tránsito es obscuro pero no incierto. Sin embargo, las artes que construyeron esta cárcel no podrán retenerte contra tu voluntad. Nada te prometo que no sea dolor e ira, pero aún es tiempo para dejarte al menos el vano consuelo de evitar a los demás el daño de nuestra herencia.

Basta ya, la noche está en mis ojos. Lo que verás al levantar los tuyos es lo que eres.

Un pensamiento en “La Carta por Alex Rubio

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