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¡Ahhh!, ¡nunca lo había hecho! y ¿sabes qué?… ¡fue delicioso!-

Muy pocas veces te pones a pensar en las cosas pequeñas de los sucesos cotidianos, aunque ¡bueno! tan cotidianos como lo eran para mí. Y es que, puede que fantasees con eso, que te imagines cómo será la emoción del encuentro, sus cuerpos tocándose, la fricción de la ropa, el forcejeo…

¡Ufff! lo recuerdo y otra vez siento esa emoción recorriéndome el cuerpo ¡como pequeñas hormiguitas que suben por la espalda desde la cintura hasta la nuca!-.

Me excito de sólo pensar lo acontecido en ese callejón oscuro. Serían alrededor de las doce, no, ¡creo que era cerca de la una!, y ahí la vi por primera vez, pálida pero radiante, haciendo palidecer la luz proveniente de la farola sobre la cual ella estaba recargada y bajo la cual obtenía refugio y tal vez un poco de calor, porque hacía frío en esa noche de septiembre, aunque yo no estaba consciente de ello ¡porque me sentía como si estuviéramos en el maldito verano con 100 grados (Fahrenheit) a la sombra!. Lo que más me llamó la atención fue su boca pintada de carmín, rojo, como la sangre -risa- que salpicaba sus mejillas -jajaja, “salpicaba”- y le conferían un tenue color rosado, un tono perfecto.

Antes de iniciar la marcha hacia ella, me congelé, vi como todo se movía y yo no, permanecí estático por un tiempo, que en lo personal me pareció demasiado tiempo sin moverme, pero que recapitulando, en realidad no fueron más que dos segundos; titubeé porque no sabía como llegar con ella, digo, siempre he sabido que ante las mujeres la seguridad y el “aplomo” son dos cosas de las que padezco y es que… me distraigo demasiado, empiezo a verles los ojos y me “adentro” en ellos como queriendo ver lo que hay detrás de ellos, luego veo sus labios, carnosos, provocativos que se ven exuberantes cuando despiden ese vaho que muchas veces solo puedes observar en la noche, ese que brilla con la luz de la luna, como si fuera humo de un cigarrillo pero sin ningún olor característico, o bueno tal vez si tiene cierto olor, pero la verdad es que muy pocos lo percibimos -sonríe-. Superado el miedo, las dudas o lo que haya sido, me aproximé ella sabiendo que cuando estuviera yo a dos pasos de ese cuerpo garboso, ceñido por ese vestido verde y entallado con ese corsé azul pálido, no habría mucho que decir o que hacer y gracias a que tenía un “as” bajo la manga, ese “premio” sería mío.

Me acerqué grácil, silencioso, como un gato negro caminando por la cornisa de las ventanas del viejo Whitechapel; la pobre se llevó tal susto cuando estuve tan cerca, que pudo percibir mi aliento en el cuello. Pedí disculpas con una sonrisa cómplice y agaché la cabeza tocando con las yemas de mis dedos índice y medio el ala de mi sombrero, al levantar la mirada para encontrarla con sus ojos me detuve en el escote, que mostraba dos prominentes bultos suaves y que a la vista parecían tersos y que al tacto comprobé que mi impresión era correcta. Vi como sus senos se elevaban con la respiración y creí escuchar su corazón por debajo de la piel, el músculo y el tejido graso, era un sonido hipnótico, como un canto de sirena que me invitaba a encallar en ese mismo instante, bajo la mirada de todos, bueno… si hubiera habido alguien. La vi a los ojos y ella sonrió, le sonreí de vuelta y sin dejarla reaccionar, rápidamente la tomé de la cintura con mi mano izquierda y acerqué mis labios hacia el lóbulo de su oreja izquierda y le susurré una oferta que no pudo rechazar. ¡Pobre, me hubiera seguido hasta el mismo infierno! -aunque tal vez lo hizo, JAJAJA- ni siquiera tuve que sacar las uvas de mi bolsillo del chaleco y cual ratón siguió a este “flautista” hasta ese callejón que, siendo honesto, convenientemente estaba ahí, es más creo que hasta el día anterior no existía y mágicamente apareció para mí esa noche, ¡esa hermosa noche!.

¡oh Dios, su cara!-

¡Fue hermoso!, esa expresión que tuvo en su rostro, mezcla de la confusión, el dolor y el asombro, todo se veía en sus pupilas dilatadas que contrastaban con el iris verde olivo que poco a poco se fue opacando hasta que perdió su brillo.

Creo que tengo una costilla rota producto de las patadas que “tiraba” producto de la agonía se estarse quedando sin aire gracias a que mis manos oprimían su tráquea, imitando a esa boa constrictora que estrangula a su presa haciendo una presión firme continua e “in crescendo” limitando los movimientos ventilatorios reduciendo la capacidad vital de los pulmones y exprimiendo el aire de los alveolos hasta que se expide ese vaho que sólo se ve de noche, ese que brilla con la luz de la luna y que hace que los labios se vuelvan tan provocativos que quieres besarlos y quedarte con esa última bocanada de vida…

¡Claro que la besé!-

Me lavé las manos pero aun puedo ver ese líquido rojo carmesí que proveyó de calor a mis manos heladas, que si bien pude no haberlo tocado, fue muy difícil resistir la tentación una vez que la hoja de la navaja “interrumpió” la continuidad de la piel del cuello y emanó tranquila y lentamente de su interior, tintineando a la luz de la luna menguante, que se filtraba por los resquicios de los edificios hacinados en el cielo Londinense. ¡Olía delicioso! y sabía…¡exquisito! era un sabor más sutil que el sabor metálico del hígado de res o de cerdo, digamos que en la medida exacta y con la característica de ser más dulce que el sabor que proviene de un corte de carne término medio y que impregna el paladar aún después de que tomar el vino rosado con el que acompañaste la cena antes de tu “cacería”.

-Si en estos momentos no sabes quien soy… déjame aclarar tus dudas, ¡soy el diablo! encarnado para hacer posible todos tus temores y que está aquí para hacerte recordar lo frágil que eres y lo mundano que me resultas, porque puedo disponer de tu vida cual si fueras una mosca- Realmente estoy exhausto, ya casi rompe el alba y ya escucho las botas de los “uniformados”, ¡creo que ya saben lo que hice!, ojalá pudiera estar ahí para ver sus caras, la expresión de los rostros, imagino la confusión y la serie de especulaciones que se formarán y todas las preguntas que se arremolinarán en la primera plana de la gaceta de mañana o con suerte en la de hoy de la edición vespertina; ¿quién lo hizo?, ¿por qué lo hizo?, ¿quién era la mujer?… honestamente yo tampoco puedo contestar a esa interrogante, porque lo bello de este suceso es que ni siquiera conocía a la hoy occisa, no tuve ningún problema con ella ni ninguna cuenta que “ajustar”, simplemente estaba ella ahí, esperando por mí a que me le acercara; puedo estimar que tenía unos 20 años y que llevaba tiempo ejerciendo el oficio, porque lo poco que pudo hacer antes de que yo “ejecutara mi papel”, lo sabía hacer muy bien. Tal vez hubiera sido conveniente preguntarle siquiera su nombre, el verdadero, no ese que se acuña en el cuarto de un burdel, tal vez lo recuerde la siguiente vez, porque a decir verdad no creo que su útero me diga mucho en estos momentos…

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