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– Buenas noches, hijo – dice mi padre luego de darme un beso. Yo, como cada noche, estoy recostado en mi cama, aterrado, en espera de que él salga de mi habitación y me deje con todos los seres espeluznantes que intentan irrumpir en mi habitación.

– Buena noches, pa. ¿Oye…podrías dejar la puerta entreabierta y la luz del pasillo prendida? – pregunto tímidamente, sabiendo que mi cobardía le molesta.

– Está bien – contesta con voz que intenta ocultar el fastidio que esto le produce – Pero sólo quince minutos, en lo que te duermes.

– Sí, con eso basta – respondo, aunque sé que el tiempo no será suficiente.

Mi padre sale y lo veo mover la cabeza con desaprobación. Una parte de mi lo entiende, ya tengo diez años, y se supone que no debo tener miedos infantiles, pero si él viera lo que yo , seguro me entendería, aunque, bueno, quién sabe. Siempre me echa la culpa de que mi miedo se debe a las cosas que miro y leo, aunque eso no es cierto. Si no fuera por las enseñanzas de los hermanos Winchester, seguro ya hubiera sido devorado por un monstruo o poseído por un demonio.

Un arañazo en la ventana me hace reaccionar. Lo primero que hago es meterme bajo las cobijas. Aguzo el oído y vuelvo a escuchar como si alguien o algo rasguñara los vidrios. Poco a poco voy sacando la cabeza…hasta que mis ojos sobresalen de las sábanas. Volteo hacia la ventana y…no hay nada. ¿Será que no escuché cuando entró? Mis ojos dan una mirada rápida por mi habitación. “Bup-Dup, Bup-Dup” mi corazón late a mil por hora, mis dientes castañean y siento la adrenalina correr por todo mi cuerpo, pero por más que busco no veo nada. Otro arañazo me hace volver la vista a la ventana. Me relajo un poco, aún no entra. Me armo de valor y decido saltar de la cama. Yo decido hacerlo, aunque parece que mis piernas no. Estoy inmóvil, con las piernas temblando como gelatina. Mi cerebro toma control de la situación y obliga a mi cuerpo a moverse. De un salto aterrizo cerca de la ventana y compruebo que está bien cerrada, los ajos, ocultos tras las cortinas para que mi madre no los vea, siguen en su lugar; la línea de sal tampoco ha sido mancillada; todo está en orden…y un nuevo rasguño en los vidrios me hacer temblar. Si no fuera porque me llevé la mano a la boca, mi grito hubiera atraído a mi padre y habría recibido un buen regaño, como hace dos semanas. Afortunadamente el susto valió la pena, veo las ramas del árbol que, movidas por el viento, rayan mi ventana.

De un salto regreso a la cama. Y no, no lo hago por ágil o dinámico, sino porque no vaya a ser que una mano salga debajo de ella y me jale; y aunque sé que eso es imposible, porque tengo un círculo de protección que dibujé debajo del tapete (y que si mis padres lo descubren me matarían por lo caro que costó el parquet), no está demás tomar precauciones. Apenas me acomodo en mi cama veo que algo pasa entre la luz y mi puerta, como si estuviera acechándome. Me intento convencer de que es mi imaginación y vuelve a suceder, pero esta vez se cierra mi puerta…aunque para mi tranquilidad oigo los pasos de mi padre alejarse mientras apaga la luz.

Me quedo viendo la penumbra y alcanzo a distinguir una forma que se va materializando en mi recámara. Poco a poco va avanzando hacia mí, cada vez cambiando de forma y de tamaño.

-Es Él – susurro muerto de miedo.

Cierro los ojos, esperando sentir su ¿garra, mano?, no sé que tendrá, pero pasa el tiempo, una eternidad, siento yo, y nada sucede. Abro lentamente los ojos, esperando encontrarme con Él cara a cara, pero sólo hay obscuridad. Me acurruco en mi cama, con el oído atento a cualquier sonido extraño, aunque en esta casa, de noche, siempre hay sonidos extraños. Mi corazón sigue latiendo a todo lo que da, y aunque mis ojos, o más bien mi mente, imaginan seres extraordinarios, creo que no hay nada.

Y es que el problema es que no sé cómo sea Él, o Eso, no estoy seguro. Desde los seis años, que oí su nombre de labios de mi madre, no he podido dejar de temerle. Preguntaba en la escuela, busqué en los libros, en programas de radio pero nadie sabía nada de Él. Cuando crecí un poco más fue que me aficioné a “Supernatural” pero hasta ahora ni los famosos hermanos Winchester han dado con Él, y por consiguiente no sé ni cómo sea, y lo peor, ni como, ya no digo derrotarlo, pero sí al menos contenerlo. La única pista que tengo es que, al parecer, Dios es el único que puede vencerlo, ya que todos los adultos, aunque se niegan aceptar que le temen, le piden en sus oraciones “y líbranos del Malamén”.

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