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Cumplí 16 años el miércoles 9 de agosto de 1961. Mis padres compraron un Schwarzwälder Kirschtorte que decía “Felicidades Liane”. Con mucho esfuerzo me habían comprado también un vestido azul marino que me llegaba arriba de las rodillas. Todavía recuerdo la cara de papá cuando salí con él puesto y con un listón blanco a manera de diadema “Te ves preciosa, Li”. No importaba cuán difícil fuera la situación en casa o en el país, mi madre decía que un cumpleaños siempre era una ocasión para estrenar, y papá y ella siempre se esforzaron para que así fuera.

Me miré en el espejo de la entrada y no pude evitar sonreír, me sentía bien;  los ligeros rizos de mi pelo caían sobre mis hombros y mis mejillas lucían tan encendidas como se llevan a esa edad. Me veía y me sentía bien, pero de quién realmente quería escucharlo era de boca de Jan, mi amigo de la infancia que vivía sólo a dos puertas de nosotros y que últimamente me provocaba mariposas en la panza.

Al cinco para las siete llegaron Jan y sus padres al pequeño pero esperado festejo. Jan cargaba una caja pequeñita que despertó mi curiosidad en cuanto la vi.

–       “Felicidades, Li. Y… qué  lindo vestido, te va muy bien”, dijo mientras me daba un gran y efusivo abrazo, como si no nos hubiéramos visto un día antes, como lo hacía desde que  éramos niños.

Puso la cajita a la altura de mi nariz, lo que me hizo hacer bizco, provocándonos una carcajada a coro.

–       “Es para ti. Feliz cumpleaños”, dijo Jan recuperando el aliento.

Tomé la caja rápidamente y jalé uno de los extremos del listón que la mantenía cerrada. En el interior encontré una pulsera dorada con un dije en forma de caballito de mar y dos pequeñas piedras de colores a los lados. Era preciosa.

–       “¡Me encanta! Muchas gracias, Jan”, le dije con la mejor de mis sonrisas

–       “¿Sabías que los caballitos de mar son de las pocas especies animales que mueren en pareja?” La sangre se agolpó en mi cabeza mientras sus ojos azules se clavaban en los míos y sólo pude seguir sonriendo como tonta, aunque en mi mente, según yo, le había respondido algo muy inteligente.

El momento fue interrumpido por mi madre llamándonos a la mesa. Fue una gran velada, como siempre. Nuestros padres se conocían desde antes de que nosotros naciéramos y estar todos juntos era estar en familia, exceptuando que mis sentimientos por Jan no eran precisamente filiales y deseaba con todas mis fuerzas que esa noche por fin se atreviera a besarme.

Después de soplar las 16 velas, salimos al balcón a comernos nuestra rebanada de pastel. El verano se estaba despidiendo y el clima no era todavía frío pero empezaba a refrescar. Recuerdo que había muchas estrellas.

–       “Sabes, Li… Pasado mañana iré a oeste. Me han ofrecido trabajo en una imprenta muy grande y puede ser una gran oportunidad. Trasladarme todos los días puede ser cansado, pero creo que vale la pena. También podría vivir con mis tíos durante la semana y volver a casa los viernes.”

–       “Sigo sin entender por qué todos quieren vivir y hacer su vida allá”, dije dejando salir mi frustración ante el hecho de que muy probablemente nos veríamos mucho menos.

–       “Bueno, pues no es ningún secreto que la vida aquí no es tan buena como allá. Piensa en las cosas que podría comprar y traerte. Todos saben que allá todo es más caro pero también más bonito. Además no hay nada seguro, apenas voy a entrevistarme con el dueño”.

Yo jugaba con mi pulsera nueva mientras escuchaba lo que decía y me imaginaba las tardes sin él.

–       “Li, quita esa cara…” y me atacó con cosquillas sabiendo bien que ese era mi punto más débil a la hora del enojo. No pude evitar reír. Nunca podía evitar reír cuando Jan estaba cerca.

–       “No quiero que te vayas”, dije interrumpiendo el juego.

–       “No es como que me voy a otro país, no seas exagerada”

–   “Pero seguro terminarás queriendo vivir allá, y poco a poco dejaremos de vernos”

–       “Tú y yo nunca vamos a dejar de vernos, tonta. Si me voy de aquí, tú te vas conmigo”

De pronto se hizo un silencio largo que a mí me pareció eterno. Estábamos frente a frente, tan cerca que sentía la respiración de Jan en mi cara. Sabía lo que iba a pasar. Ese era el momento. Cerré los ojos. Sentí sus labios suaves sobre los míos y una microexplosión en el corazón. Ninguno de los dos supo qué decir pero sonreímos. Habíamos cruzado la línea de la amistad infantil y se sentía bien. Volvimos a besarnos

Esa noche nos despedimos y le hice prometerme que a su regreso me contaría detalles de su entrevista y me traería una revista en inglés. No entendía nada de lo que decían pero me gustaba ver a las modelos tan elegantes y felices. Aquel viernes lo acompañé al S-Bahn muy temprano. Sentí que el fin de semana se me haría eterno.

El domingo, la emoción me hizo despertar más temprano que siempre, bueno, la emoción y el grito de papá desde la sala:

“¡Ulbricht mintió; están construyendo un muro!”

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