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Qué lástima me dan los paladares estrechos. Y antes de que corran a Google a ver qué diantres significa esto, y se topen con cientos de fotografías de bocas, dientes y paladares, cosa que, a menos de que sean dentistas no les va a llamar la atención, permítanme explicarles a qué me refiero.

Conocí a Camila en la prepa. Era la típica güerita mamona que nos traía locos a todos. Los amigos pasábamos las horas platicando qué le haríamos, y hasta lo que no, si su majestad se dignara a salir con alguno de nosotros. Una tarde me puse muy gallito y les aposté a que yo iba a andar con ella.

– Va – dijeron todos al unísono, y sellamos el pacto como caballeros. Me había echado la soga al cuello, yo solito y sin ayuda de nadie.

Al día siguiente, muerto de nervios, me acerqué y ofrecí a llevarla a su casa. No sé si fue por mi guapura, por mi simpatía o por el Ferrari de mi papá, el chiste es que ella aceptó. Por el espejo retrovisor pude ver las caras atónitas de mis compañeros (y alguna que otra seña obscena). Cuando llegamos a su casa me bajé para abrirle la puerta, ella me miró a los ojos y con voz coqueta me dijo

– ¿Qué te parece si me invitas a cenar?

-Sssí, claro – respondí nervioso, no lo podía creer – ¿te parece bien el jueves a las 8?

– ¡Perfecto! – exclamó, y se despidió dándome un beso en la mejilla. Obvio que más tardé en llegar a mi casa que en hablarle a mis cuates para presumirles.

Ese jueves llegué puntualísimo, de traje… y con el Ferrari de mi papá, no fuera a ser la de malas. Camila salió, se veía más hermosa que de costumbre. Yo me sentía soñado. La velada estuvo de diez, fuimos a un restaurante muy elegante, había que lucirse, cortesía de la tarjeta adicional de mi papá. La angelita le entró a la comida bien y tupido, digo, no comió como pelón de hospicio, pero sí bastante para los estándares de las mujeres en la primera cita.

-Es que me encanta este restaurante – decía con una hermosa sonrisa.

Al dejarla en su casa se me ocurrió preguntarle

– Oye Cami, mañana me voy con mis cuates a Cuerna, sería todo el fin ¿vienes? – adivinando que me diría que no

-Sí, claro – respondió

Yo no me lo podía creer. Esa noche apenas y pude dormir. Recordaba sus besos, cándidos e inocentes, pero que a mí me supieron a gloria.

El viernes en la tarde pasamos por ella. Por un momento pensé que, viendo que venían todos mis amigos y que nos íbamos a ir en la combi de Enrique, ella se iba a rehusar, pero para mi suerte, se subió encantada. Durante todo el trayecto no le paró la boca y nos dimos cuenta que la actitud de güerita mamona sólo era una máscara. Llegamos a la casa de Lalo, que era donde nos íbamos a quedar y todo transcurrió normalmente. Jugamos, vimos películas y cenamos burritas.

El problema fue al día siguiente. Nos levantamos más o menos tarde y nos fuimos al mercado a desayunar un delicioso menudo. Cami declinó, argumentando que ella nunca desayunaba. Anduvimos un rato por el centro, y después volvimos a la casa. Nadamos, jugamos, reímos, en fin, que Cami era un bombón, no sólo su físico, sino toda ella. Se adaptó muy bien al grupo, y hasta hicimos una ceremonia para aceptarla como hermana de nuestra sociedad. A media tarde fui con Cami y Lalo a comprar unos tacos de la calle que olían delicioso. En cuanto llegamos a la casa, todos nos abalanzamos sobre ellos…excepto Cami, que a duras penas, y con mucho asco, se comió un taco al pastor. “¡Alerta roja, alerta roja!” sonaron los sensores de mi cerebro, pero los apagué, eran sólo suposiciones mías, las mujeres no comen mucho.

Ya en la noche, Cami se me acercó muy misteriosa y seductora

– ¿Te gusto? – preguntó

– Mucho – respondí nervioso

-¿Harías cualquier cosa por mi? – dijo provocativamente

– Sí, claro – contesté, imaginando lo que iba a suceder después

– Pues llévame a cenar aunque sea a un maldito VIPS

Y mis fantasías cayeron hasta el inframundo. De cualquier forma me la llevé a cenar. Y no, no es que ella fuera de poco apetito porque volvió a comer bastante bien. De regreso se mostró muy agradecida, pero esos besos que me habían sabido a gloria tenían otro sabor.

El desayuno fue x, unos huevos preparados por Cami porque nosotros éramos una bola de ineptos en la cocina, que todos, incluida ella, comimos muy gustosos. Ya de regreso paramos en Tres Marías para comer una quecas, aunque Cami comió un sándwich que había comprado en el Oxxo de la gasolinería.

Cuando la fuimos a dejar me bajé para acompañarla hasta la puerta de su casa. Todos se despidieron de nuestra nueva amiga.

– Muchas gracias, me la pasé muy bien. Todos son lindísimos, pero ojalá y alguna vez podamos salir tú y yo solos – dijo con su linda sonrisa y me dio un beso.

– Sí, ojalá y sí – respondí dando un suspiro.

Nos despedimos con esa promesa, aunque en el fondo ambos sabíamos que las cosas nunca iban a ser como antes. Después de ese fin salimos un par de veces, pero la cosa no cuajó entre nosotros. Afortunadamente supimos manejarlo y Camila sigue siendo parte de nuestra hermandad. Es una niña muy divertida y buena onda, y aunque ya sabe qué fue lo que no funcionó entre nosotros se niega rotundamente a cambiar y sólo come en sitios selectos, o al menos decentes, y nada que tenga grasa ni que, a su gusto, sea asqueroso, por más que le diga “qué lástima me dan los paladares estrechos”.

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