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Querida mía:

Ira contenida.

Es el último día de mi vida y en lo único que puedo pensar es en esta cólera que sube por mi estómago y explota en mi cabeza. La mandíbula apretada, la cabeza hinchada, el ceño fruncido, por decir lo menos. ¿En qué momento me olvidé de dónde estaba y comencé a vociferar? Trataba de calmar mi interior haciendo que salieran todas la culebras que se habían acumulado en mi intestino. Destino cruel el de aquél que no se da cuenta de que esa ira contenida no es más que la gran tristeza que ha vivido desde que abrió sus ojos a la primera luz. Eso me pasó a mi. Sé que estoy a unos minutos de que la oscuridad infinita se convierta en mi nueva realidad, lo cual no es que me importe tanto… Pero me enoja. Me entristece. La certeza de la muerte sólo hace que mi enojo crezca, en la misma proporción que la tristeza no quiere ser vista aunque sea más que evidente. Me desespera no estar segura de lo que me tocaba hacer por aquí.

¿Que si me arrepiento? No lo sé. No entiendo por que en las últimas semanas aparecieron muchas personas que habían desaparecido por completo de mi vida. Nunca pensé que los ciclos de vida se repetirían tan fielmente. Historias que no fueron cerradas en su momento y que ahora surgen para seguir construyendo con sus dudas el empedrado a la salida. Ya estoy cansada de escuchar lo mismo una y otra vez. No me siento capaz de cambiarlo. Y de la única persona de la que me gustaría volver a escuchar, jamás regresará. Aún no se sabe de nadie que haya regresado del viaje que emprendió.

Es momento de buscar la pequeña caja rosa que elaboré en aquel retiro de mujeres. Qué significativo fue. Recuerdo haber tomado la decisión de ir aunque el autobús con todo el grupo ya había partido. Subí a mi auto y conduje por dos horas al sitio en donde se llevaría a cabo. Ahí comenzó en realidad el “road movie” de mi vida. Y desde entonces no paró. Imaginé mi existencia como si fuera una telenovela: todos los días se quedaba en lo más emocionante. ¿Qué irá a pasar mañana? Llegué tarde a la cena y no conocía a nadie. No importaba, ahí nadie se conocía a sí misma, daba igual si nos conocíamos o no.

Esos días me hice más amiga tuya. Aprendí a hablar contigo. Me escribiste una carta, ¿la recuerdas? Decías que estabas orgullosa de mí y de lo que había logrado hasta ese momento. Aquí habita el amor.

“El ser humano es, entre otras cosas, un nudo de aspiraciones, ansias, sed, anhelos y deseos. Esta pulsión es intrínseca a su esencia y lo hunde en una permanente sensación de que hay algo más.” -Nancy Olaya

Mi enojo de hoy se resume en cinco palabras: olvidé a mi niña interior. Te olvidé a ti, que eras mi salvación, a quién había que querer, cuidar y sanar; te volviste invisible. Y con ello la vida se volvió insoportable, la tristeza llenaba todos los huecos existentes, que eran muchos. ¡Claro que me dio tristeza! Claro que aún me falta por llorar. Pero ya no hay tiempo. De nada sirvió que gritaras lo más fuerte que podías, yo no hice caso. Me sentí ridícula queriendo jugar y divertirme cuando lo importante era generar y trabajar. ¿Eso era lo importante? No, eso era lo urgente. Y las cosas urgentes nunca lo son, pero sí que ocupan el lugar de las importantes y nos hacen perder el rumbo. Pregúntame otra vez si me arrepiento: sí, sí me arrepiento con todo mi corazón.

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