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¡La Muerte! ¡Lo que ayer fue nuestro Todo

hoy solo es nuestra Nada!… ¡Eternidad!

¡Silencio! El máximo silencio

que es posible encontrar.

Amado Nervo (Fragmento de La amada inmóvil)

La eternidad: lo que no tiene principio ni fin. En términos espirituales, la cualidad de Dios; en términos coloquiales, lo que dura mucho; en términos religiosos cristianos: lo que sigue de la vida terrena. Su traducción para mí: lo desconocido.

La doctrina suele decir que después de la muerte viene la vida eterna. Extraña combinación que nos indica que para vivir hay que morir, también nos diría que en vida estamos muertos y que, al morir, estaremos vivos. Lo malo es que al escribir esto, o al acudir a lo que otros piensan y escriben, lo hago en el único plano que yo, y quienes me lean, conocen y en el que nos podemos comunicar, pues cuando dejemos de estar vivos en la vida que conocemos pasaremos no a la muerte, sino a lo que desconocemos y de lo cual no volveremos para dar testimonio. Así, al parecer, en esta vida estamos muertos y al morir viviremos eternamente –pero no lo podremos comprobar aquí. Yo afirmo que lo realmente eterno, o permanente, es nuestra profunda ignorancia, que se vuelve desconcierto y temor.

Son escasos, y caen en el campo de la fe, los pasajes que en la historia y, especialmente en la historia de las religiones, nos hablan de apariciones de seres que ya se fueron, como se dice cuando se quiere ser sutil.

Los muy creyentes anhelan ir a la vida eterna o, al menos, no temen morir. Los que sufren y carecen de salud, capacidades, satisfactores básicos o afectos, desean, con frecuencia, morir y, muchas veces, lo intentan y lo logran. Quienes gozan de salud, de afecto, de facultades y potencialidades que maximizan su disfrute se aferran a la vida y eluden o repelen la idea de perderla. Así, resulta fácil entender que, para algunos, la eternidad que surge con la muerte es un anhelo y, para otros, la pérdida de lo que saben tienen es la verdadera muerte –y quizá la única.

Echando un vistazo a lo que los llamados filósofos clásicos opinan sobre la eternidad uno no sólo no aclara mucho, sino que empieza a pensar, al menos yo, que era un buen tema para entretenerlos pero que lo definían saliéndose por la tangente. Desde entonces y hasta ahora, juegan con los tiempos –pasado, presente y futuro- y nos explican que todo es presente y que lo eterno es esto.

En términos llanos solemos hablar del siempre y del nunca. Estas cualidades han llenado millares de páginas y dado materia a miles de poemas y canciones para convencer al ser querido de que nuestros afectos son ilimitados, como si la vida lo fuera y como si nuestras conductas no sufrieran cambios frecuentes y violentos, producto de las circunstancias, sino fuera así, no habría divorcios ni adulterios ni cuernos, como se dice vulgarmente, ni duplicación o multiplicación de familias de un solo individuo ni crímenes pasionales entre quienes alguna vez juraron que se adoraban ni tantas otras cosas.

La muerte no es sólo la del cuerpo, a veces es la desaparición de muchas otras circunstancias y valores.

Lo eterno es el cambio.

Y así, pudiéramos seguir eternamente hablando de lo eterno, mientras la muerte acaba con nuestras vidas, nuestras reflexiones y todo resto de existencia.

Aterrizando –y al margen de los enfoques filosóficos, espirituales o religiosos- a mí me queda claro que tuvimos padres que ya no están, que ellos, a su vez, los tuvieron y así sucesivamente. Y aunque por este camino llegaremos, nuevamente, al misterio de quién empezó todo, al menos es fácil de entender que hay seres, épocas y circunstancias que fueron y se fueron. Y que así pasará con nosotros.

También me queda claro que por esta razón muchos se aferran a lo conocido y buscan eternizarse de diversas formas: creando cosas materiales, mientras más grandes y difíciles, mejor; dejando mensajes verbales y escritos, mientras más profundos, trascendentes y, a veces, hasta radicales y controvertidos, mejor; realizando hazañas tales como romper récords, escalar montañas, destruir mitos y, a veces, llevar a cabo obras benéficas que se ganen la simpatía, la admiración, el cariño y el agradecimiento de comunidades, pueblos y naciones.

Quizá nosotros estemos luchando en el mismo sentido. Y creo que, a veces, por trascender (meta imposible) olvidamos vivir en el corto plazo y el reducido espacio que nos fue dado, quién sabe por qué y quién sabe por quién.

 

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