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–       Cuéntame un cuento…

–       ¡Pero si ya llevamos tres!

–       Pero no puedo dormir…

–       ¿Y por qué es eso?

–       No sé… hay algo que no me deja dormir…

–       Huuum… – exclamó Gido, mientras aspiraba profunda y ruidosamente…

–       Además… no ayudas con tus ruidos…

–       ¿Y por qué será? ¡Soy un dinosaurio!

–       Eso ya lo sé… Y por eso te quiero… pero a esta hora me cuesta trabajo dormir… porque respiras muy fuerte… Lo siento…

–       Perdóname a mí…

–       No es tu culpa… así eres…

Gido esbozó una enorme sonrisa, mostrando sus grandes dientes.

–       Así es… Pero… ¿sabes? A veces recuerdo aquellos días cuando los humanos nos incluían en sus sueños y jugábamos toda la noche… Los paseaba de nube en nube cazando estrellas. Hacíamos figuras con ellas. pasábamos horas en medio de risas y carcajadas interminables… ¿por qué se habrán olvidado de nosotros?

–       No los han olvidado… simplemente crecieron…

–       O tal vez sólo aprendieron a no vernos… porque ya no nos querían con ellos…

El pequeño de grandes ojos suspiró. Veía a su amigo ponerse un poco triste… y no entendía porqué.

–       ¿Qué más hacían juntos los humanos y ustedes?

–       Oh! Tantas cosas… recorríamos el mundo, descubriendo muchos lugares… a veces perseguíamos a los arcoíris… veíamos cuando se empezaba a formar uno y corríamos tras él sólo para descubrir dónde terminaba. Y justo cuando llegábamos, otro más se formaba y corríamos tras él también… recuerdo sus rostros llenos de alegría y sus risas… bellas melodías… a veces me reía tan fuerte que me doblaba… era muy divertido…

–       Me gustaría ir tras uno un día…

–       Lo haremos, mi pequeño… lo haremos…

–       ¿Y qué más? ¡Dime más!

–       Jugábamos a las escondidas, ellos brincaban por las copas de los árboles.

–       ¿Árboles?

–       Sí enormes estructuras llenas de vida, hojas verdes, muy brillantes. Y yo caminaba entre ellos para buscarlos. Algunos animales se unían a nuestro juego: aves, ardillas, es más, hasta los osos.

–       ¿Los osos?

–       ¡Sí! Parecen muy malos, pero en realidad son muy divertidos… a veces son muy difíciles de encontrar… por muy increíble que parezca…

–       ¿En serio? – Los ojos del pequeño se rehusaban a cerrarse… pero ya mostraban signos de cansancio…

–       ¡Sí! En otoño los árboles se tornan dorados, como si colgaran millones de monedas de oro de ellos. Todos los niños corrían alrededor, mientras yo los agitaba un poco y disfrutaban de una gran lluvia de hojas. Era divertido escuchar el crujir de cada hoja, una gran canción de otoño. Todos jugábamos sobre lo que parecía una gran alfombra amarilla. Y no te he contado del invierno…

–       ¿El invierno?

–       Sí. Es más divertido todavía. Los paisajes son hermosos…

 Con un gran bostezo y los ojos entreabiertos, sorprendido el niño de la Linda Luna pedía aún más, pero Gido sólo lo cubrió con una manta, diciéndole:

–       Mañana, mi Pequeño. Ahora apagaré las luces para que puedas dormir bien… Y aquí estaré mañana, para llevarte a perseguir un arcoíris…

Y mientras veía como el Pequeño de la Linda Luna cerraba sus grandes ojos y suspiraba mientras dormía, Gido, haciendo el menor ruido posible, apagó la luz de la enorme ciudad.

–       Hasta mañana, mi Pequeño.

Un pensamiento en “Gido y El Niño de la Linda Luna por Daniel Argumosa

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