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Hace muchos años en tierras lejanas, existió un rey llamado Jerónimo VI, que siempre ejerció su mandato con gran rectitud, dando a su pueblo, paz y prosperidad.

Desde muy joven, heredaría el trono y concentraría en su persona todo el poder político y económico, enfocándose incansablemente en mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes del lugar.

Pero con la inesperada muerte de su adorada esposa, la reina Yolanda, el rey nunca volvería a ser el mismo. Desde ese momento, su tristeza y melancolía serían notorias y buscando llenar el enorme vacío en su corazón, desarrollaría un gusto muy particular, que terminaría por convertirse en su obsesión: coleccionar piedras preciosas.

Preocupados por su extraño comportamiento y con la intención de volver a verlo feliz, todos los habitantes del reino empezarían a llevar al palacio, hermosas piedras, que el resguardaría celosamente bajo llave.

Toda su ropa tendría que ser confeccionada por los mejores sastres de la región, y llevarían finas incrustaciones de diamantes y esmeraldas, sus piedras preferidas.

Pero en el fondo, su alegría, siempre sería temporal…

Para su cumpleaños número 60, el rey recibiría de uno de sus súbditos un regalo muy especial: un par de calzones.

Al mirarlos, el rey Jerónimo VI, ordenaría inmediatamente a sus guardias, buscar al osado caballero para castigarlo por semejante atrevimiento. Al ser encontrado en su humilde vivienda, sería presentado ante el rey. El rey le pediría una explicación a su comportamiento…

El humilde hombre, le confiesa temeroso: ° Su majestad,   soy sólo un humilde costurero y le he traído este presente con la mejor intención. Sé que desde hace tiempo le resulta imposible conciliar el sueño, por eso decidí regalarle estos sencillos y cómodos calzones, porque sentirse cómodo es también una manera de sentirse feliz. Yo mismo los diseñé para usted y los confeccioné con una mezcla de materiales suaves y naturales, y le aseguro que son los calzones más cómodos de la región”

Desesperado por no poder conciliar el sueño, y sin estar convencido del razonamiento del costurero, el rey decide probar los calzones.

Por primera vez en mucho tiempo, el rey logra plácidamente dormir. A la mañana siguiente llama al costurero y le dice: “Veo que eres un hombre honesto. Gracias a ti he conseguido dormir. Desde hoy, tú serás el encargado de diseñar mi guardaropa. Trabajarás en el palacio para mí”

Pero con el tiempo, el rey descubre habilidades en ese hombre que no había visto jamás. “Veo en ti cualidades excepcionales. Eres un hombre leal, honesto, inteligente y trabajador, virtudes muy difíciles de encontrar en estos tiempos. Cumples con   los requisitos para convertirte en mi consejero real”

El hombre responde ansiosamente: ”Su majestad, le agradezco este nombramiento, es un honor para mí; pero ser consejero implicaría darle consejos que… tal vez usted no quisiera escuchar”.

“Te equivocas, dice el rey. Eso es precisamente lo que pretendo. Soy un hombre viejo y tu opinión sobre los asuntos del reino, es importante para mí.”

“Su majestad, durante muchos años, ha gobernado con firmeza y sabiduría, por lo que se ha ganado el cariño y la admiración de todos los habitantes del reino, pero su reciente gusto por las piedras preciosas ha puesto a todos en un serio predicamento. Se murmura que algunos habitantes del reino han entrado en otros reinos, han robado en casas y en caminos oscuros para conseguir las piedras que lo hacen feliz. Eso ha provocado el enojo de los habitantes de reinos cercanos y hay rumores de una declaración de guerra, con grandes repercusiones en sus relaciones con el exterior. Por otro lado, sus dos jóvenes hijos anhelan heredar el trono, pero sobre todo, su hermosa e invaluable colección de piedras preciosas. El problema es que ninguno está dispuesto a compartir. El egoísmo y la ambición de ambos es tan grande, que eso podría traer el día de mañana, graves enfrentamientos entre ellos y fatales consecuencias para la corona.”

“Oh, jamás lo había visto así. Tal vez sea porque no he sabido ser buen padre, pero nunca es tarde para comenzar”, responde el rey con cierto aire de tristeza y preocupación.

A la mañana siguiente, el rey declara ante la Corte: “Para mi sucesión, sólo podrá heredar la corona aquél de mis hijos que tenga los méritos suficientes para ejercer el cargo. De no ser así, sólo la persona del reino que cumpla con todos los requisitos podrá sucederme”.

Esa misma noche, extrañamente, el rey decide recorrer el reino, repartiendo entre los habitantes su apreciada colección. Al día siguiente hace lo mismo en los reinos cercanos, como un acto de reconciliación.

Desde ese día, el rey duerme tranquilo y feliz pues no hay más piedras en su corazón.

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