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Katia y yo llegamos a Washington mucho más tarde de lo que habíamos planeado. El mal tiempo y el tráfico propio de un 24 de diciembre retrasaron nuestro viaje desde Nueva York. Solo nos dio tiempo para registramos en el hotel, dejar las maletas en la habitación y salir, con lo puesto, en busca del taxi que nos llevaría al restaurante donde pasaríamos la Nochebuena. Ahí nos reencontraríamos con Carlos, uno de nuestros amigos de cuando estudiamos la carrera en la universidad. Él nos iba a presentar a Nicole, su flamante esposa, con quien se había casado hace pocos meses en la catedral de San Mateo Apóstol, la iglesia católica más importante de la capital estadounidense.

En el taxi, Katia no dejaba de hacerse preguntas respecto a la pareja de su amigo:

—Para casarse en esa catedral seguro que viene de una familia con plata.

—No debe ser tan difícil conseguirlo; ya sabes que aquí la mayoría son protestantes; los católicos son mucho menos. Sería distinto si nos casáramos en la catedral de Lima. Ahí sí que no conseguimos fecha.

—Calla, calla que yo no me caso por la iglesia ni loca, ya lo sabes.

—Ni yo, pero era solo para ponerte un ejemplo.

—De todas formas yo creo que tienen dinero. ¿Recuerdas el parte que nos enviaron? Hecho a mano, con una caligrafía impecable, en un papel carísimo.

—Habrá sido regalo de los padres o del propio Carlos. Con el trabajo que tiene seguro que mucho tampoco le habrá costado.

—Sí pues, nuestro amigo es muy inteligente, sabíamos que llegaría lejos. ¿Y cómo se habrán conocido? Porque Carlos mucha labia no tiene, ¿o no te acuerdas en la universidad?

—Habrá cambiado desde que salió de Perú, nuevos aires, en inglés se expresará mejor, yo que sé.

—No sé, no sé, pero esta chica a mí no me da buena sensación. Ya me ocuparé de ella en la cena.

—Katia, por favor, tratemos de pasar la noche de la mejor forma.

—Sí, sí, tú tranquilo, no pasará nada. Seré toda una lady, ya verás.

Carlos y Nicole nos esperaban en la mesa. A nuestro arribo le siguieron los saludos protocolares, la actualización de nuestras vidas, y los infaltables recuerdos de nuestra época universitaria. Disfrutamos de una cena cordial y amena hasta que Katia se percató de la poca participación de Nicole, quien a pesar de conocer el castellano, no tenía el nivel suficiente como para seguir toda la conversación.

—Disculpa Nicole por hablar en español —se disculpó Katia con falsa cortesía —pero es que hay ciertas anécdotas de la carrera que no suenan igual si lo contamos en inglés.

—Oh, don’t worry, yo entiendo, sí. Pero yo comprendo, a little bit, un poquito je je.

—Qué bueno. Mira, para que nos entiendas mejor, vamos a pedir unos tragos, que eso nos suelta la lengua a todos, ja ja ja.

—Oh, I don’t know. Nosotros tenemos que ir a casa de mis parents. Vienen mis hermanos con sus hijos a pasar Christmas en casa. Pueden venir con nosotros, if you want.

—No, muchas gracias, no solemos celebrar la Navidad.

Why? ¿Acaso no celebran el nacimiento de Jesus Christ? —preguntó Nicole con inocencia— ¡Hoy es su happy birthday! hi hi hi.

—Jesús no nació un 25 de diciembre —sentenció Katia con seriedad.

Yes, of course. La Biblia dice…

—La Biblia no dice ninguna fecha. Eso fue un invento que crearon recién en el siglo III después del susodicho.

—Yo estudié in a Catholic school, y ahí nos dijeron…

—Te han dicho lo que ellos querían que escuches. En los tiempos de Jesús se celebraba la muerte, no el nacimiento. ¿Por qué crees que impusieron el 25 de diciembre? Para juntarlo con una fiesta pagana, con el solsticio de invierno, la noche más larga del año.

Anyway, es un día de amor familiar, de estar todos juntos, all together. Santa Claus is coming to town! —Nicole canta sonriente el coro del clásico villancico.

—¡Qué Santa Claus que ni qué ocho cuartos! —dice Katia enfadada —¿Qué tiene que ver Papa Noel con la Navidad? ¡Nada! Eso lo inventaron en la Edad Media y al barbudo rojo y blanco lo creo la Coca Cola. ¡Santa Claus, dice la otra! —me dice Katia, buscando (sin éxito) mi complicidad.

—Creo que is too late, nosotros nos tenemos que ir —dice Nicole, algo abrumada, con ganas de terminar la reunión.

—Sí, pidamos la cuenta que nosotros todavía tenemos que desempacar las maletas —comenta Katia con la misma intención —¡Ah, y gracias por la invitación! —dice Katia, guiñándole el ojo al siempre impasible Carlos.

Salimos todos del restaurante y la torrencial lluvia hizo que nos dijéramos adiós muy rápido, sin tiempo para ninguna despedida, y que tomáramos el primer taxi que vimos en la puerta.

—¿No crees que te has pasado un poco? —le pregunto a Katia dentro del taxi que nos lleva al hotel —Te pedí llevar la fiesta en paz.

—¡Pero qué he dicho! Un poco de historia, nada más. Además, te dije que esa chica no me gustaba.

—¿Solo porque celebra la Navidad?

—Bah, eso sólo fue un pretexto para animar la conversación je je.

—Vaya que sí. Pobre Carlos, no sabía qué hacer.

—¡Defender a su mujer, eso debió hacer! Pero en fin, ya lo llamamos mañana y le pedimos disculpas. Pero sólo a él, je je.

—Qué mala eres…

—¡Chist! No digas nada que después te quedas sin regalo.

—¿Me has comprado un regalo?

—Claro, soy agnóstica pero no soy tonta. ¿Acaso tú no?

—Sí, mi amor, sí te he comprado algo.

—¡Ay amorcito, qué lindo eres!

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