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¿Pero qué carajos hago yo aquí?

Con el miedo que me dan estas cosas. ¿En qué estaba pensando?

Space Mountain.

Si ya saben todos que no puedo con esto. A ver, ¿por qué no se ofreció su papá a acompañarlo? También es su hijo, ¿no?

Claro, las mamás somos las que siempre tenemos que apechugar con los hijos.

Yo puedo entrar a la mansión encantada, a Los Piratas del Caribe, al Mundo Pequeño, a todas esas cosas, tranquilas, lindas que a los señores les parecen aburridonas, cursis, bobas.

Ya me chuté la despertada temprano, el desayuno chatarra en el auto, las discusiones marca ¨gran drama¨ de mis angelitos durante la hora y media de camino. Porque, cómo no, en gran parte del trayecto sólo había dos carriles, los otros dos estaban cerrados por obras, y parece que todo mundo decidió venir este día a Disneyland.

No. Siempre es lo mismo. Siempre va todo el mundo a Disneyland y siempre hay algún drama desde que despertamos. Y yo, irremediablemente, termino en alguno de esos juegos de adrenalina total, sufriendo y arrepintiéndome por haber caído ante los ojitos tristes de alguno de mi pollos, que no encuentra pareja para que lo acompañe.

 

La primera vez que vine al parque no podía con la emoción.

El Pecas y Chabelo se encargaron de lograr que montones de niños hiciéramos de ese viaje su gran sueño. Y claro, mis papás fingían que no escuchaban nuestros ruegos.

Ah, pero no contaban con mi persistencia. Anotar el número, hacer la llamada y un buen día, un representante tocando a la puerta para darnos, bueno, darles, toda la información pertinente. Y todos los hijos ahí, con los ojos como platos, escuchando todo, haciendo preguntas. Cada segundo que pasaba, la emoción, la expectativa, el anhelo, crecían.

Y no había mucho que hacer al respecto. Bastaba con ver esas caritas para dejarse llevar y aceptar, firmar y, ¡siiiií!.

Contábamos los días que faltaban para el viaje, para ver a Mickey.

Y la noche anterior no hubo poder alguno que nos hiciera dormir. La ansiedad era enorme.

No sólo íbamos a Disneyland, íbamos sin papás. No podía haber nada mejor en el mundo entero.

Carajo, cómo no me iba yo a formar durante casi 1 hora, cómo no iba a subir al carrito ese.

¿Cómo puedo quejarme?

Si, sufriré. Lloraré por el terror. Mantendré los ojos cerrados y las manos pegadas a la barra que impide que me salga del carrito.

Y cuando el recorrido termine, bajaré temblando y volveré a llorar para desahogarme.

Pero no puedo ver esa carita, con tremenda sonrisa iluminándola, y decir que no.

Mis papás no pudieron.

Ya empieza… Aaaaaagggggghhhhhh…

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