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En realidad no recordaba el motivo que la llevó a ese lugar; había pensado comer en el Salón Victoria, se lo habían recomendado y aún lo tenía pendiente. Pero no, en la calle de López algo la hizo entrar a esa cantina. Se veía vieja –en realidad lo era- y al entrar el aroma a rancio le golpeó la nariz; buscó con la mirada un espacio entre las desordenadas mesas y solamente había espacio junto a la puerta; se sentó y con la mirada buscó un mesero.

Bebía una cerveza acompañada de una quesadilla de quién sabe qué cuando notó de pie junto a su mesa a un hombre; no tendría más de cuarenta años, vestía de forma extraña para el lugar y la época: blazer, gazné, sombrero y gafas de pasta. Le recordaba a uno de sus tíos, un hermanos de su papá. Con cortesía le comentó que no encontraba sitio para sentarse y que como ella ocupaba sola la mesa le pedía, si no la molestaba, que le cediera un espacio.

Lo pensó por un segundo. Ya nadie se sienta con extraños en estos tiempos y menos en un lugar como ese, sin embargo, o quizá precisamente por eso, musitó un sí al tiempo que asentía; se presentaron mientras se acomodaba. Solamente el nombre por precaución. Él llamó al mesero, pidió una bebida -un gin tonic- y cacahuates. Estuvieron un par de minutos cada uno en lo suyo y comenzaron a platicar; lo típico, del clima, del tráfico, de todo y de nada. Algo sucedió en esos cuarenta minutos, algún tipo de rara y rápida conexión lograron y quedaron para esa misma noche frente al Palacio de Bellas Artes, en la explanada.

A la hora convenida arribó Lucía, como no conocía el lugar al que iban, se había cambiado los jeans por una falda y se maquilló discretamente con excepción del labial que era de un rojo oscuro brillante. Él ya la esperaba, ahora sin el sombrero. Caminaron unas cuadras hasta un restaurante en la calle de Palma. Durante la cena la charla fluía, ambos reían relajados. Unas horas después, caminaron hasta encontrar un taxi y le pidieron que los llevara a un bar en el que pudieran bailar. Rápidamente el chofer maniobró entre las calles del centro para salir de ahí y llegaron en unos minutos al Bar Balalaika; en la fachada se leía el nombre de la orquesta. Aunque la zona no les gustó, al menos a Lucía, la promesa de una buena salsa y un buen merengue la animó.

Salsa, merengue

y algo de bachata

con gran alegría

por dos horas bailaron.

Entre baile y baile, mientras descansaban y bebían, dos parroquianos con insistencia seguían sus pasos. Cerca de las tres de la madrugada, decidieron retirarse, sin embargo antes de salir él notó que iban detrás de ellos, incluso esperaron mientras ella estuvo en el baño sin alejarse mucho. En su cabeza se agolparon mil preguntas e ideas. ¿Realmente eran una amenaza o sólo era su paranoia? ¿Qué debía hacer si era real? Un policía, ¿dónde demonios había un policía?

Finalmente la vio caminar hacia él. Su mirada alternaba entre la guapa Lucía y los dos hombres; no le quedó duda alguna, los estaban cazando. Tenía el móvil en la mano derecha, con la otra la tomó la de ella, caminaron hacia la puerta y en el pasillo, justo antes del vestíbulo la vio. Fue instintivo, ni siquiera lo pensó; metió el celular al pantalón y rápidamente la jaló antes de salir.

Cuando los servicios de emergencia llegaron, encontraron un cuadro tétrico: jóvenes con fracturas y golpes, parejas sudorosas que lograron escapar de la salida en tropel. Una mujer lloraba junto a su compañero que junto a la entrada quedó prensado, como otra pareja un par de metros a la derecha. La orquesta había salido por atrás, hacia los camerinos; el escenario era testigo del desorden de la huída. Todo era confusión, pero del fuego no había más rastro que una muda palanca de emergencia recientemente accionada.

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