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A París, amada anfitriona de locuras luminosas. Que cierren tus heridas, no tus puertas.

Me despido de Jean sobre el Boulevard de Rouchechouart. Pobre hombre, es todo agitación bajo el peso de su contrabajo, tan grande o más que él, y aún deberá caminar un buen tramo.

Viendo a mi amigo me alegro de ser pianista. A unas cuantas calles me espera el único piano que hay en Montmartre , excepcionalmente autorizado por el comisionado de la policía a Monsieur Salis y – sobre todo – al Chat Noir y su excéntrica concurrencia. París ama a sus poetas y ellos le corresponden literal y literariamente con locura.

Por razones diferentes, yo también camino agitado. Sucedió ayer ya entrada la noche. Mis recuerdos, sin embargo, no tienen más consistencia que las alucinaciones que provoca el ajenjo, visitas del hada verde.

Había sido una noche apoteótica en el Chat Noir. En un asalto de inspiración, Rivére colocó un mantel en la boca del teatro de marionetas de Summ, armado con recortes de papel ordenó que se apagaran todas las luces, colocó una linterna tras la tela y sorprendió a todos proyectando una delirante fantasía. Exaltado, el chansoniere Julio Jouy se adueñó del banco del piano y, como una marioneta bajo sus manos, el Chat Noir cantó a coro su Chanson des Sergots acompañando la danza de las siluetas.

Yo aproveché el momento para buscar el cobertizo al fondo y tomar mi abrigo, con el plan de salir por la puerta de atrás. Era poco probable que fuera requerido y un poco más de sueño no me haría mal, pues – al día siguiente- me esperaba el tedio de las lecciones de cuyas ganancias sobrevivo. En la obscuridad me esperaba un suceso aún más excepcional, si esto puede decirse.

Apenas entré al cobertizo, la mano de una mujer tapó mi boca, se acercó apenas para dejarme un beso extremadamente suave, casi un roce de labios. Ternura en todo contrastante con la ansiedad con la que buscó mi sexo. Ella condujo mis manos por su cuerpo, por encima de la ropa y así, sin cruzar palabra, hizo de la sombra humedades y de mi cuerpo su instrumento. Ciego y mudo, me dejé hacer; conocí el raro y desconcertante placer de ser tomado. Apenas pude murmurar :”¿Por qué yo?”, sin obtener otra respuesta que una breve caricia sobre mis ojos dejándome doblemente ciego. La algarabía del recinto inundó el cobertizo, mi invisible amante se fue y tras ella su perfume.

Por eso mi paso hasta el cabaret es distraído, indeciso “¿Cómo se busca un perfume?” pienso, pero no tengo respuesta. He llegado.

El portero me anuncia solemne: “El Pianista” un anuncio absolutamente inusual, pues entre las muchas peculiaridades del Chat Noir se encuentra la de ser anunciado con un latigazo sarcástico. Tal forma, sin embargo, revela mi situación en el Chat Noir. Aunque respetado por mi oficio, no soy incluido – lo sé y no lo pretendo – en la condición de artista. Así como toda voz requiere un acompañamiento, la historia exige testigos. Ese soy yo.

Mi mirada recorre rápidamente el estrecho sitio. Me percato de una peculiar circunstancia: veo el cabaret como si fuera la primera vez, pues paso la mayor parte del tiempo de espaldas a las mesas. El ir y venir de los parroquianos es para mí sonido, no visión. Es por eso en todo probable que nunca haya visto a la que anoche tampoco miré. Sin embargo, alimento un deseo.

Cruzo el salón esperando que el azar me favorezca, mi paso es especialmente lento. A la izquierda, cerca del templete, la mesa de Les Hydrtopathes me reclama a coro la tardanza. Apuro y los versos vienen tras los acordes: “Cantemos de corazón, la noble canción de los licores” De entre sus voces distingo claramente la que esperaba, la de Marie Krysinska.

Como todos, admiro la naturalidad con la que asume el hecho de ser la única mujer admitida en los clubes literarios. Como pocos, me atrevo a amarla en secreto.

He procurado ser en todo discreto sobre esos sentimientos pues, hasta ayer, no tenía esperanza de ser correspondido. Me consideraba satisfecho con escuchar su risa a mis espaldas y mirarla las pocas veces que decide sentarse al piano. Una vez me dijo : “Quédese” y yo hice lo que pude por seguir a su ligero divertimento improvisado. Esta noche me reclamó no haber puesto atención a su perfume. ¡Ah! si tan solo pudiera recordarse un aroma como se tararea una canción de memoria.

El sonido de su voz se transforma en una descarga en mi cuerpo, giro la cabeza para buscarla. Mi mente se ocupa en imaginar una estrategia para acercarme a ella. Mi alma busca el valor para hacerlo. A tal grado me distraigo que he dejado de tocar. Salis solo pasa y toca mi hombro: “Prosiga. Daré un anuncio en un momento pero espere mi señal para callar” me dice.

No veo la manera de acercarme, miro al otro lado buscando a los músicos. Deseo intensamente que alguien más tome el piano. De pronto Salis alza la voz, me pide callar y anuncia la próxima mudanza del Chat Noir, pide un brindis por la ventura del cambio y, por fin, Aristide Burant reclama el banco.

Me hago a un lado y busco a Marie, aprovechando que todos se arremolinan alrededor del piano, intento acercarme lo suficiente para saber de su perfume. Me detengo, sin duda pensará que he enloquecido. En vano busco sus ojos esperando una confirmación, una señal. Pero nada la distrae de la tertulia. Desanimado, decido entonces ir al cobertizo y de allí a la calle. La luna de París, el frío de la noche, se quedan con mis pensamientos. Tal vez mañana, tal vez en otro lugar. Camino a casa atesorando mi nueva duda, mi precaria forma de esperanza: “¿la mujer que mi corazón ama es la misma que conoció mi cuerpo?” pienso y me resigno, al final, eso, ¿quién lo sabe realmente?.

Un pensamiento en “Teatro de Sombras por Alex Rubio

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