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Curiosidad, inquietud o presentimiento. María José aún no lograba descifrar la verdadera razón por la cual se encontraba en la estación de San Sebastián, a punto de tomar el tren nocturno a Bilbao. Ese día cumplía 18 años y no estaría para su tan anhelada fiesta, pero lo que le incomodaba de sobremanera, era haber mentido a sus padres sobre ese inesperado viaje.

Una extraña nota la había conducido hasta ese lugar justo en esa fecha. Con miles de preguntas a cuestas, estaba a punto de abordar cuando sintió una fuerte mirada clavada en ella. Volteó, para toparse con un atractivo, pero enigmático joven. Un singular escalofrío recorrió su cuerpo y deseó que el extraño no abordara el mismo tren que ella. Abordó con rapidez el tren y buscó su cabina, tratando de olvidarse de ese hombre.

Las luces de la estación se perdían a lo lejos y su corazón se estremecía al recordar el contenido de la nota. “Acude al hotel Iturrienea Ostatuta en Bilbao, en donde encontrarás la respuesta a tus fugaces recuerdos”.

El reloj marcaba la hora de su turno para cenar y María José se dirigió al comedor. El tren nocturno a Bilbao, era el más concurrido siempre. El bullicio le aturdía y decidida pidió al mesero el menú para ordenar y retirarse lo más rápido posible a su cabina. De pronto su mirada topó con la del extraño personaje del andén, sus ojos fríos en ella la sobresaltaron y tratando de ocultarse, ordenó su cena y apresuró al mesero mientras ordenaba lo primero que vio. Ese hombre le generaba miedo y desconfianza. Al voltear nuevamente, el hombre había desaparecido. Tomó sus alimentos apresuradamente y regresó a la cabina. Bloqueó la puerta con su maleta y con una silla que se encontraba allí. Se despojó de su ropa, se puso el camisón y se sentó a contemplar el oscuro pero estrellado cielo, esperando tranquilizarse. Sus pensamientos eran una sucesión de preguntas, aunados al temor que aquel extraño hombre le había infundido. Finalmente el cansancio la venció cayendo en un profundo sueño. No había transcurrido mucho tiempo cuando un golpe en la ventana la despertó y sobresaltada corrió la cortina para encontrarse con la cara del sujeto del andén. El terror la invadió y sus gritos le ahogaban. Repentinamente abrió los ojos para encontrarse en la cabina, sola y con la maleta y la silla en el mismo lugar en donde las había dejado al cerrar. Angustiada, pero aliviada de percatarse que sólo había sido un mal sueño producto de su angustia, intentó nuevamente conciliar el sueño.

Los primeros destellos de luz del día que se anunciaba provocaron el súbito despertar de María José. Más serena, se apresuró a arreglarse para el momento de arribar a la estación       en Bilbao. Al fin llegaron y respiró aliviada, pero emocionada y nerviosa por lo que estaba por venir.

María José solicitó un taxi y mencionando el hotel al conductor, se introdujo al auto. Mientras transitaba hacia su destino, observaba algunos sitios que, como destellos, le traían memorias familiares; pero no, no podía ser, ella nunca había estado en ese lugar.

Arribó al hotel que era una mezcla de construcción antigûa y rústica que le recordaba algo que no podía precisar, solicitó su habitación e ingresando a ella, miró a su alrededor buscando algún indicio que le condujera a descifrar la nota recibida. Unos minutos después, alguien tocó a su puerta, desconfiada abrió y un chico le entregó un sobre y agradeciendo y recompensando la entrega, María José cerró y puso el sobre sobre la mesilla de la habitación. Se sentó en la cama y desde ahí lo observó por unos minutos. Nuevamente la curiosidad, pero sobretodo, el interés por conocer el contenido del sobre, la llevaron a tomarlo y con manos temblorosas lo abrió, encontrando una carta. Con un profundo respiro, inició su lectura.

Al cabo de unos minutos, María José con los ojos nublados por las lágrimas, concluyó la lectura de la carta y se dejó caer sobre la cama en un sollozo que le impedía respirar. Lo que acababa de leer le desconcertaba, pero a la vez le aclaraba la razón de muchos acontecimientos en su vida. Apenas podía creer lo que había leído y repasaba algunos fragmentos de la carta con angustia,

“Querida María José, te escribe tu madre biológica, Celina, imagino lo difícil que será para ti entender las razones que me llevaron a darte en adopción. Mi angustia al saber de mi enfermedad terminal, me llevaron a ello. Tu padre fue un excelente ser humano. Trabajaba en la estación ferroviaria y murió al evitar un accidente entre unos trenes que equivocaron la ruta. Tus padres adoptivos eran las personas perfectas, ellos no podían tener hijos, y yo ya no tenía familia. Siendo hija única y con tus abuelos maternos y paternos fallecidos, no me quedaba otra opción. Los conocí y los investigué durante varias visitas que hicimos a Bilbao y finalmente tomé esta decisión”.

“Te amo, tus padres tienen perfecto conocimiento de esta visita a Bilbao, así lo convenimos para cuando tu cumplieras esta edad, no antes, para evitar los mal intencionados comentarios cuando todavía eras una niña”…

“Perdónanos a tus padres y a mí, fue el amor lo que nos llevó a tomar esta decisión”…

“¡Te deseo amor y felicidad todos los días de tu vida!…

Celina”.

María José no podía aún asimilar dicha confesión, pasó todo el día llorando, con preguntas sin respuesta, con sentimientos encontrados y un vacío inexplicable, pero la urgente necesidad de volver al lado de sus padres y cuestionarlos acerca del contenido de esa carta le llevó a tomar sus pertenencias inmediatamente y trasladarse a la estación para regresar de inmediato a San Sebastián.

Al llegar a la estación, compró su boleto y se encaminó al andén.

Repentinamente, sintió una presencia muy cercana, caminando a su mismo ritmo, lo que la obligó a voltear, topándose con el extraño del tren. Apresuró el paso hasta llegar a un punto en donde no podría avanzar más. Decidida volteó hacia el hombre, quien ya le había tomado fuertemente del brazo. Tratando de zafarse con angustia pero también con la decisión de enfrentarlo, este le dijo inmediatamente. “Calma María José, sólo estoy aquí para cuidarte por encargo de tus padres”. La chica comprendió inmediatamente todo y abandonándose en los brazos del extraño, lloró hasta serenarse. No hubieron más palabras y abordaron el tren que les llevaría de vuelta a San Sebastián.

Un pensamiento en “Tren Nocturno a Bilbao por Patricia Contreras

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