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Yo quería ser alguien en la vida. Quería que me reconocieran en todos lados, mis padres decían que para eso era necesario aprender un oficio y a mí me tocó ser como mi padre, panadero. Aquí no se puede escoger mucho, uno hace lo que le ordenan o lo que le deje para comer, uno se la pasa deambulando por las calles para asustar al hambre y ver pasar a las jebas meneando sus culos y las tetas sobre este pavimento miserable.

Siempre me gustó el barrio de las putas. Muy ruidoso. Corría el dinero. Ahora menos, con las pocas putas que quedaban en el oficio cuidándose de la policía. Cerca de mi casa, había un pequeño bar que terminó siendo muy famoso. Yo tenía poco que hacer. A veces atravesaba el barrio, llegaba al bar y me sentaba en la barra a leer o escribir un poco. 

Recuerdo que una tarde muy calurosa, en la que las faldas se hicieron muy cortas y las putas comenzaban a pasearse sin pantaletas y en strapless, entró al bar una de ellas. Estaba buena pero muy ajada. Machucada por la vida. No había nadie en aquel lugar. Sólo nosotros. Yo era muy pajero. Me botaba cuatro o cinco pajas por día, mirando fotos de Brigitte Bardot. Los pajeros casi siempre son tímidos. Yo era muy tímido. En exceso, nunca fui muy bueno con las damas. 

Se sentó en una mesa que estaba a mis espaldas, mientras, yo la observaba limpiarse el sudor que se le escurría por los senos. La miré, a través del espejo que estaba situado sobre la barra, frente a mí. En un rápido movimiento pude ver que era de esas viejas putas de cuya experiencia necesitaba. Cuando notó que mis ojos la perseguían, miró al espejo y abrió las piernas…

-Acércate, papi. Yo no muerdo.

¡Ay madre!, tenía la pinga más dura que un puberto recién salido de la cama. Me la metí entre los muslos para ver si se rendía, pero no cedió. 

–       Ven tú, mami. Aquí te espera algo para alegrarte la noche y tal vez la mañana.

La descarada se puso de pie y me fijé mejor. Tenía buen culo, buenas tetas, buenas piernas las bembas carnosas y rosas. Pero todo machacado, sucio y blandujo. La cara arrugada por el alcohol, ya estaba un poco vieja, pero yo seguía firme y a la espera. Qué buena estaba esa gallina vieja.

Cuando la vi aproximarse, se escuchó un alboroto detrás de la puerta. El bar comenzó a llenarse de gente, que entraba acelerada porque venían acompañando a un gringo que llegó a la isla y decían pagaba las cuentas a quienes le acompañaran. En este lugar, las invitaciones de ese tipo, son cosa seria. 

Cuando el gringo entró, le siguieron una decena de borrachos y jebas que atiborraron el bar y yo no sabía qué hacer con la cara colorada y la pinga bien parada, con una erección que por más que intentaba, no se aplacaba. 

El coñazo barbón, al que todos llamaban Don Ernest, se sentó a mi lado junto a la barra y con un tufo rancio y amargo me dió en la espalda una palmada.

-What’s up? – me preguntó.

– Nada, hijo de puta. NADA.

Le arrebaté la botella de chispetrén que cargaba en su mano derecha y me fui. A cruzar el barrio de las putas, para después llegar a mi departamento y echarme una paja. 

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