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*Tomado de un diario encontrado en el departamento de objetos perdidos.

Nada es igual cuando lo ves en fotografías. Cuba es muy diferente a como yo lo pensaba. Al menos así me pareció ahora que por fin la conocí. Pasaron más de 5 décadas desde la primera vez que tuve un acercamiento a una imagen de esta isla que está tan cerca de Estados Unidos pero tan lejos de Dios.

Es como una película que se detuvo en el tiempo y parece que nadie le ha quitado la pausa desde hace cientos de años. Aquí los lugareños sobreviven día con día a como ellos van entendiendo y con la herencia cultural que han ido amasando con el tiempo. Buscan trabajos para poder comprar comida, trafican con objetos básicos de supervivencia y tratan de pasar el tiempo antes de que el tiempo pase por ellos.

Aunque es la primera vez que visito este lugar, no vine a divertirme como algún joven adinerado. Mi plan es conocer un poco de las historias que suceden en los sitios comunes del mundo, pues tal vez sea mi última oportunidad y tengo que aprovecharla. Adiós a los grandes espectáculos y a las cenas de lujo. Quiero estar cerca de las personas que dan vida a este paraíso caluroso y soleado.

La mayoría de las historias que me cuentan, además de ser poco alentadoras, están tan llenas de realismo y cicatrices que más que escucharlas las huelo y las siento en la piel. Algunos jóvenes no saben los que es la carne porque no les alcanza para comprarla; otros me cuentan que son traficantes de mantequilla que guardan en latas de refresco; me hablan de programas de televisión que venden en el mercado negro metidos en dispositivos USB ocultos en plátanos descompuestos y los demás me cuentan que son tan pobres que ni siquiera pueden comprar drogas. Eso los convierte en unos parias llenos de salud y tristeza.

En los pocos días que me quedan aquí he escuchado acerca de las mejores épocas que tuvo la isla: los cantantes que se fueron al mundo a perseguir la fama siendo unos ancianos; las recetas de los moros con cristianos, el arroz con azafrán y los deliciosos mojitos que yo no puedo beber porque me hacen daño para el estómago. Las cubas libres se obtienen fácilmente y me las ingenio para intercambiarlas por aspirinas, pastas dentales y camisetas nuevas que traigo en mi equipaje. De igual manera, les regalo estas bebidas casi ilegales a estas amables señoras que me las consiguen, para que sus esposos agotados se refresquen en las noches húmedas del caribe.

Mi vuelo sale el jueves, así que aprovecho la última noche y día que me quedan para tomar fotos y comprar algunas cintas que se encuentran en las tiendas a las que sólo los turistas podemos entrar. Las reglas de la casa no se pueden romper y menos por una persona con unos cuantos principios, que lo último que quiere es crear un lío en un sitio lejos de casa.

Camino por las calles de un país caluroso y polvoso que parece más una película western que una playa de Miami. Los mejores tiempos de este lugar y de su gente se han ido. Los míos también. Ahora todo es diferente. Ambos estamos lejos de la felicidad.

Ya pagué mis impuestos para dejar este lugar. Esos 25 dólares quedaron en manos de alguien que los necesitaba más que yo. Probablemente yo ya no necesite ese dinero ni alguna otra cosa. Tomo una de las cintas que compré y la pongo en mi walkman antes de que el avión me lleve al último lugar, antes de que el mundo nos olvide. Le doy play y suena Drume Negrita de Bola de Nieve.

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