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El restaurante Kinara de Dublin es un pequeño local especializado en comida asíatica. Con espacio para pocas mesas y pocos comensales, lo único que lo mantiene con buena afluencia es su estratégica ubicación: muy cerca del Wooden Bridge que conecta con la Isla North Bull, que funciona como acceso secundario al majesutoso club de golf St. Anne, preferido de muchas personas adineradas. Desde la isla puede verse la bahía y los ferrys, que pasan a paso lento hacia Gran Bretaña. El Kinara no tiene lista de espera, pues rara vez se llena a pesar de su magnífica ubicación. Tal vez el hecho de que el clima frío no permita que abunden las bañistas en bikini, o que tenga una parada de autobús del otro lado de la acera le afecten. Es eso o las pesadas cortinas de algodón que cierran la vista de la calle.

Aunque uno esperaría un local más “irlandés”, se trata de un restaurante de decoración asiática, atendido por una hostess de aspecto vietnamita. Los meseros, discretos y movidos parecen filipinos o chinos. Es un buen lugar para olvidarse que se está frente a la costa de Irlanda, en la capital. Sus platos tienen el sabor oriental que ha conquistado paladares anglosajones.

En torno a una mesa con cervezas Guiness –única concesión importante al patriotismo local- se ven cuatro fornidos hombres , dos de ellos pelirrojos, cuchicheando sobre el hombre que, con su esposa y un pequeño hijo, come en la mesa del rincón.

– “Diría que parece un duende, un Leprechaun… Pero su calva y orejas grandes me harían dudar”.

– “¡Vamos, vamos, pregúntale por la olla de oro al final del arcoíris!”

– “Dudo que la tenga… pero si es un hombre curioso. Sus ojos vivaces me llaman la atención”.

– “¡Dude! Les insisto que se me hace conocido… recuerdo haberlo visto hace mucho tiempo en las noticias…”

– “¡Mira que pedir Cerveza Corona cuándo hay Guiness! Sin duda es un hombre extraño”.

La famila del Leprechaun nota que hablan de ellos, pero no se inmuta. Están incómodos, pero saben que es algo que viene con la fama añeja. Es decir, en los años de esplendor, antes incluso de que se casaran, en el mundo entero hablaban de él. Hoy, algunos pocos los recuerdan, pero no de la mejor manera. Tal vez por eso escogió Irlanda para este retiro dorado. Eso y las bellas irlandesas pelirrojas, que nos recuerdan el sensual baile de Riverdance.

Incómodo ya, el presunto Leprechaun se acerca a la mesa. “Irlandeses: he escuchado lo que dicen de mi. Y si quieren encontrar la olla de oro, no la busquen al final del arcoiris. Yo les digo, amigas, amigos, que pueden encontrarla en el soleado México… tierra de ensueño y oportunidades. Porque no hay mayor orgullo que llamarse mexicano”. Dicho lo cual, Don Carlos y familia se retiraron del Kinara para ir, discretamente y por atrás, a jugar golf en el campo de Santa Anna. Porque lo suyo era un exilio dorado y no una olla de oro.

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