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Durante dos meses, Michelle se dedicó a visitar sus lugares favoritos en Paris. A sus 18 años había aprendido cada detalle de los mismos. La Torre Eiffel siempre la invitó a soñar y volar hasta los lugares más recónditos del mundo. El Palacio de Versalles, con sus hermosos salones y jardines, le transportaba a la época de los bailes y glamour de la corte francesa. La Catedral de Notre Dame, le recordaba a Esmeralda y Quasimodo en el film El Jorobado de nuestra Señora, Mon Martre; la situaba en la vida agitada y licenciosa de artistas, poetas y pintores. Y qué decir de los Campos Elíseos, que le evocaban desde llegadas triunfales de personajes históricos, hasta los alegres cafés situados a lo largo de ésa emblemática y bulliciosa Avenida.

Todo aquello le llenaba el corazón de nostalgia y agradecimiento por los hermosos y felices días vividos en Paris. ¿Cómo olvidar todas aquéllas experiencias? Pero su sueño siempre había sido uno en especial, visitar el Tibet. Enigmático, espiritual y sufrido punto medular de una religión, de creencias espirituales que rebasan a la humanidad y que siempre aparece en sus sueños como parte de una necesidad, de una misión por cumplir.

Sus padres preocupados, le pidieron desistir de su viaje, pero lo sabían, lo han sabido siempre, Michelle no claudica ante nada, ni ante nadie.

Después de planearlo perfectamente, alistó hasta el más mínimo detalle para cumplir el viaje de su vida, su sueño largamente acariciado. Finalmente, el día llegó y familiares y amigos la despidieron con alegría y con un cierto dejo de preocupación, pero a ella nada la detendría, su decisión era firme y no tenía retroceso.

Abordar el avión hacia China le provocó un vuelco en el corazón, una inquietud en el estómago, pero allí estaba, feliz y realizada al inicio de su gran aventura. Ya instalada en su asiento, respiró profundamente y sacó su itinerario perfectamente elaborado para repasarlo nuevamente.

Su recorrido iniciaría en Katmandu, pasaría por Xigatse, Gyantsé, Xegar, y Lhasa, hasta llegar a su objetivo: el monasterio de Deprung. Construido en 1416, y conocido como “La Pila de arroz”, este se localiza a tres millas de Lhasa y pertenece a la secta de los monjes Gelupha.

Tratando de descansar un poco, cerró los ojos e imagino todos aquéllos lugares, que había repasado una y otra vez.

Finalmente el avión aterrizó en Katmandu, Michelle realizó los preparativos pertinentes y se dispuso a cumplir con su más hermoso y anhelado sueño.

Durante algunos días, visitó los lugares planeados a detalle en su riguroso itinerario, hasta llegar finalmente al Monasterio de Deprung. Imposible describir la sensación que le nacía desde el interior al contemplar esa inconmensurable construcción, llena de minúsculas ventanas y que, ella imaginaba, se encontraban rodeadas de una espiritualidad y energía que invitan a la meditación. Las montañas que le rodeaban eran murallas infranqueables, y a la vez, había una invitación para escalarlas. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y le nublaban el pensamiento. Demasiadas emociones para asimilarlas de golpe. Michelle decidió sentarse al borde de la escalinata que conducía al Monasterio y agradeció una y otra vez, el poder estar allí, justamente en el lugar que siempre aparecía en sus sueños.

Repentinamente, sintió que su vista se nublaba y perdió la conciencia momentáneamente para volver en sí con una dulce y profunda mirada. Un joven con rasgos orientales la sostenía delicadamente y la proveía de aire con un abanico. Michelle desconcertada y aún bajo el influjo de la falta de aire, trató de incorporarse; el joven le ayudó.

No podía creer que su emoción, la hubiera llevado a la pérdida de conciencia, pero también comprendió, que todo esto la había rebasado. Lentamente tomó conciencia de su persona, del lugar y de la amabilidad del joven, a quien agradeció su ayuda en repetidas ocasiones.

“Mi nombre es Prajna, me encargo de guiar a los visitantes por los alrededores del Monasterio- dijo- el joven”. “Prajna” repitió Michelle y cuestionó al joven sobre el significado de su nombre, a lo que él contestó: significa “Sabiduría”. Al escuchar el nombre, Michelle sintió una desconcertante alegría y una suave e inexplicable sensación de protección.

Prajna condujo a Michelle a la entrada del Monasterio y le preguntó si se sentía con fuerza y deseos de continuar con su visita. Michelle totalmente restablecida, le sonrió y asintió con la cabeza.

Durante varias horas, Prajna se encargó de mostrar a Michelle el Monasterio y sus alrededores, hasta llegar a una hermosa y espectacular cascada que volvió a arrancar algunas lágrimas a Michelle. Todos aquéllos lugares eran imposibles de describir con palabras y Michelle permitió que las lágrimas rodaran lentamente por sus mejillas.

Después de esa sinigual experiencia, el día llegó a su fin y Prajna la condujo a la salida del Monasterio no sin antes invitarla a encontrarse nuevamente al siguiente día para continuar mostrándole los hermosos lugares que el Monasterio de Drepung le ofrecería.

Michelle se despidió de Prajna, abordó el autobús que les había llevado al Monasterio y clavando su mirada en el joven mientras el autobús se alejaba, supo que en ese viaje encontraría paz, sabiduría, espiritualidad y, tal vez, su misión…

2 pensamientos en “Eterno Tíbet por Patricia Contreras

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