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Cada cuerpo es una isla y para mí…él era Ítaca.

Mi hogar, mi patria, mi destino, como alguna vez fue el de Odiseo. Labré sobre su cuerpo, cual olivo, la más grande historia y el poema más dulce que aún no escribo. Siempre quiero regresar a Ítaca, a sus brazos abiertos, a su suave caricia, a sus ojos cálidos y a su boca llena de ‘te amos’ perpetuos.

Ciento diecisiete metros cuadrados, que parecen nada, ante las mil cuatrocientas islas que componen Grecia y yo te sigo buscando a ti, Ítaca, la isla más pequeña, pero la que más quiero. Eres mito y el hogar al que Ulises siempre vuelve, sin importarle los pretendientes que desean despojarlo de su reino. Todos a ti regresan. Y yo, yo de ti no me desprendo, Ítaca, la más pequeña, la más bondadosa, de la que se habla solamente en verso. Ítaca, sonriente, oscura e impredecible, como tú, cuando duermes y no me queda más remedio que encender el cigarrillo que pones junto a la cama, por si en algún sueño despiertas con miedo o con alguna brillante idea. Pasible, como Ítaca, tan apartada, inclinada hacia el Oriente y el mediodía. Discreta, callada, misteriosa y oscura isla. Tú, mi Ítaca, por la que escribo y escribo hasta que la mano duela, por narrar epopeyas como la de haberte enamorado como a nadie y no poder olvidarte por más que estemos lejos.

Sí. Soy Odiseo. Porque para mí, no hay nada más dulce que mi patria, áspera…pero buena criadora de mancebos. Sobre ti, Ítaca, quiero construir mi reino.

 

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